Reescribiéndome

Lo que muestro a continuación es un conjunto de relatos, a medio camino entre peripecias autobiográficas y fantasías acumuladas, que escribí como parte de mi formación en la escuela de David Amitín. Él, maestro de actores, me ha enseñado a reescribir mi propia vida como paso previo y necesario para interpretar la de otros.

 

Como podrás deducir fácilmente, cada uno de estos relatos ha sido publicado en una fecha bastante lejana a aquella en la que se escribió. Y es que, como decía Mario Vargas Llosa en sus "Cartas a un joven novelista", esto añade un plano más de ficción a este batiburrillo de palabras en que me te he me(n)tido. 

 

La cuestión es que, desde que empecé a ensayar y a ficcionar mi vida, no concibo el camino sin seguir reescribiéndome. 

Tensiones

Ayer decía Cristina que agresividad y ternura son los dos polos tirantes de una misma línea. Ayer me atreví a ser. Mostré mi corazón abierto. Y de forma explicable pero pueril, el músculo quedó descontento. Porque la posibilidad de no ser única secuestró mi arte. Y entonces vino la pena que acompaña siempre a las grandes decepciones, solo que por causa diminuta. 

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Inversión

Creo que mi pasión por el mundo actoral viene de antaño. De pequeña adoraba jugar invirtiendo los roles de género. Cuando me veía inmersa en el universo ficcional que solo los niños saben construir en el patio del colegio, me gustaba no ser yo. No es que en la vida real no quisiera serlo, pero era mucho más divertido jugar a ser una persona distinta, tanto más cuanto más alejada estaba esa persona de mi propia identidad. Por eso, siempre escogía ser el chico. Trataba de comportarme toscamente, imitando la manera bestial que mis compañeros tenían de correr detrás de un balón, empujándose y repartiendo patadas por doquier. La cuestión es que esta experiencia interpretativa me envalentonaba y desarrollaba cierta tendencia a transgredir los límites y a comportarme de una manera inesperada, no como se presume de una niña inocente y apocada, lo que todo el mundo creía que yo era y lo que yo creía ser.  

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Antígona

Curiosa mi deriva, de una experiencia a otra, sin demasiada conexión. A menudo me siento como un cúmulo de fragmentos cuyo ligante es asombrosamente débil. Y quizá es porque persigo con ahínco una especie de destino que dé sentido a mis esfuerzos cotidianos. Pero ese destino no es algo estanco y alcanzable, sino una colección interminable que se va conformando con el paso de los años. Y así, en esa acumulación constante de ideas, conceptos y  nombres, me topé con un vídeo insospechado. Uno de entre las muchas de las profusas e inquietantes recomendaciones de YouTube. Hablaba de Simone Weil y María Zambrano, dos filósofas del siglo pasado que guardan estrecha relación con la figura de Antígona, tragedia de Sófocles en la que el amor se manifiesta como motor de la naturaleza y como fuerza que impulsa y transgrede cualquier tipo de división. Para Weil, el amor es concebido como la fuerza redentora que vence a la gravedad que arrastra y hunde al mundo en la desdicha. Sin embargo, aunque su discurso era claro y enérgico, muchos la tildaron de errática por no adherirse a ninguna de las corrientes de pensamiento de su época. 

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Fotografiando para el ciego

Aquella tarde no tenía nada que hacer, me aburría. Y del aburrimiento brotó la sincera necesidad de ir al teatro. Decidí echar un vistazo a la programación de Madrid Destino, la agenda de ocio del Ayuntamiento de Madrid, y escoger la primera obra que me saltara a la vista. La escogida fue “Los de ahí”, en el teatro María Guerrero, cerca de Colón. Escrita y dirigida por Claudio Tolcachir, que ahonda en la exclusión sufrida por un grupo de inmigrantes, riders o repartidores (si queremos ser más convencionales) que viven ajenos a toda experiencia de comunidad. 

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Transgénero

Aún puedo ver con nitidez los carteles que traducían al inglés los sustantivos más distintivos de aquel comedor triste y uniforme. Hileras de mesas blancas y negras que han dejado en mí una impronta de repulsión y una aversión radical hacia determinados alimentos. Yo no era una chica que comiera demasiado bien. Era bastante exquisita y, a menudo, sufría el pavor de los amenazados de muerte cuando la cuidadora Milagros me echaba la cabeza hacia atrás para introducir la cuchara hasta lo más hondo de mi gaznate. Mujer añosa donde las haya, se aseguraba de que, poco a poco, el contenido de nuestras bandejas metálicas fuese vertiendo y llenando los estómagos. Se atascaba, no obstante, cuando nos servían aquel arroz aderezado con la versión más gelatinosa que he visto nunca del magro. Y la escena acaba siempre con mi pequeño avatar relegado a la famosa mesa de “los castigados”. Aquel trance resultaba muy inconveniente a cualquier niño al que le gustase jugar, consumiendo contra su voluntad el tiempo de recreo. Debías permanecer allí hasta que te terminaras el plato. Y, en la mayoría de las ocasiones, al salir ya era hora de regresar a clase para comenzar el turno de tarde. Si algo había que extraer de positivo era que la adversidad une a los desdichados con vínculo inquebrantable. 

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Unos voluntarios llaman a mi puerta

“Todo hombre es responsable de su rostro después de los 40 años”, cita de Albert Camus, que llegó a mis oídos de la boca del maestro David Amitín, eminente director y mi profesor de teatro. David no es un hombre que se case con nadie y, a continuación, añadió un enunciado pronunciado por el archienemigo del primero, Sartre. Rezaba lo siguiente: “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Vino así a explicarnos la capacidad que tiene la vida para moldearnos y el margen de libertad en el que nosotros nos movemos para cambiar nuestro destino, y por ende, el espacio de nuestra dimensión actoral en el que es posible ejercer un cambio. 

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Un funeral

Ver el cadáver inerte de alguien al que no conociste desdibuja el horror de la muerte, porque devuelve a la mirada su inevitable objetividad y hace menos culpable el deseo de querer pasar página. El 16 de abril de 2025 muere María del Carmen Toslada. El entierro tuvo lugar al día siguiente, a las cuatro y media de la tarde, en el cementerio de Ciudad Real. Era la primera vez que veía el rostro de una persona fallecida. Sin embargo, mi condición novel no aumentó mi susceptibilidad a las lágrimas. Todo lo observé desde la distancia, ni tan siquiera desde el dolor solidario, aunque fuera la abuela de Pablo. Había demasiados detalles a los que prestar atención para detenerme a sentir. Estaba a resguardo, como solo se está en las situaciones incómodas, que previenen del sufrimiento emocional al requerir una disponibilidad máxima de los sentidos. 

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Finales inesperados

Hace unos días quedé con una compañera de colegio a la que hacía seis años que no veía. Todo partió de un encuentro casual. Mi hermana Sara, que está ahora mismo tratando de aclarar sus ideas sobre qué especialidad coger dentro del amplio abanico de la Medicina, ha emprendido una ruta por los distintos hospitales de Madrid, tratando de encontrar respuestas. Nuestra compañera de colegio, Lucía, se encuentra en el mismo proceso de búsqueda, lo que las hizo coincidir la semana pasada en la jornada de puertas abiertas para nuevos residentes del Hospital Universitario Gregorio Marañón. Felices de reencontrarse, quedaron para tomar un café y yo me sumé a la cita. 

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Sin cabeza y con cuernos

Hace no mucho, acudí a una exposición de Roberto Fabelo en el Instituto Cervantes, antiguo Banco Español del Río de la Plata. Bajo la enorme cúpula de cristal diseñada por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, se mostraba una recopilación de dibujos, murales y cuadros del pintor cubano. En una vitrina central, repleta por sus cuatro costados, aguardaba a ser descubierta una colección de dibujos que el artista había realizado sobre distintos atlas de anatomía. Era muy curioso comprobar cómo a partir del esquema de un determinado sistema óseo o muscular daba rienda suelta a su imaginación. Aparecía entonces un universo totalmente ficticio de seres extraordinarios y, a su vez, monstruosos. Tenía una particular afición por las criaturas antropomorfas con cabeza de pájaro. Su pluma de mágico realismo ilustró una edición de Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez. 

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Sopa de remolacha

Corte del último zar de Rusia Nicolás II, un hijo enfermo. El heredero al trono Alexei sufre de hemofilia, enfermedad genética por la cual la sangre no puede coagular. Una herida fortuita y un reguero manará silencioso, apagando las pulsaciones poco a poco hasta el último aliento. Por suerte, el místico y consejero Grigori Rasputín conoce el remedio necesario para curar al heredero. 

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Una bruja para don Friolera

Una bruja espía la noche. Avanza oculta por un manto de paño y tiene aire de mujer fatal. Solo que su fatalidad no brota de la sensualidad de sus curvas. Es como un aura tenebrosa que se estremece por indulgencia. No es joven, pero tampoco vieja. Y cuando se ríe, asoma su lengua por el hueco entre sus dientes. Tras sus ojos verdes, protegidos por un flequillo de tirabuzones grisáceos, habita un alma felina. Camina a paso ligero, sin querer ser vista, por delante de la fachada del Bretón de los Herreros. Al cruzarse con unos viejos delatores en la calle, sus pasos se aceleran. Se ruboriza por una especie de vergüenza ajada. Doblando la esquina de la primera bocacalle, llega a la senda de los elefantes. Se escurre entre el bullicio, mojándose a consecuencia de una lluvia que cae fina. Durante un pequeño trecho, se refugia bajo los arcos de la calle portales. Las campanas de la Redonda dan las doce. Es la hora de la fiesta, celebrada entre vapores de oscuridad. Los búhos ululan en la calle Sagasta y, con su sonido, hacen aún más infinito el horizonte del puente de hierro. 

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El lugar de lo prohibido

Mito como lugar y como origen. Como geografía insondable que explica lo que no llegamos a entender. Espacio ajeno en otro bien definido, diálogo con lo humano, hogar de lo divino. Es aquel lugar donde se tiene vedado el acceso. ¿Por qué La Rioja es el vértice de este relato? Porque, al igual que Jesús transformó el agua en vino (a petición de su madre) en una boda celebrada en Canaán de Galilea, así surgió la vida monástica en la histórica capital del reino de Pamplona – Nájera. De la roca. María volvió a aparecerse, esta vez a un rey más mundano, para convertir las aguas freáticas, contenidas en las tinajas de la Tierra, en barricas donde los licores fermentan con el paso de los siglos. Tríada mediterránea. Una copa de este brebaje te transporta a otro lugar, a otro tiempo. Disocias. Y llamas a la puerta de ese mundo misterioso: el lugar de lo prohibido. Cuando transgredan el umbral, sentirán una vergüenza punzante. 

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