Fotografiando para el ciego

Publicado el 23 de marzo de 2026, 12:59

Aquella tarde no tenía nada que hacer, me aburría. Y del aburrimiento brotó la sincera necesidad de ir al teatro. Decidí echar un vistazo a la programación de Madrid Destino, la agenda de ocio del Ayuntamiento de Madrid, y escoger la primera obra que me saltara a la vista. La escogida fue “Los de ahí”, en el teatro María Guerrero, cerca de Colón. Escrita y dirigida por Claudio Tolcachir, que ahonda en la exclusión sufrida por un grupo de inmigrantes, riders o repartidores (si queremos ser más convencionales) que viven ajenos a toda experiencia de comunidad. 

De esta forma, aunque en coyuntura harto diferente, se tuvo que sentir también Elisabeth (Lee) Miller, reportera audaz que primero fue modelo pero, añosa ya, demostró una valía inigualable para retratar la verdad en una fotografía. Conocí su historia a través de la película homónima dirigida y protagonizada por Kate Winslet. La valiente reportera tuvo que abandonar el París en que vivía ante la ocupación nazi. Desde allí se trasladó a su Londres patrio, donde vivió con su marido, Roland Penrose, artista, historiador y poeta inglés, quien colaboró con el ejército inglés capacitando a los soldados en tácticas de camuflaje. Eso sí, desde su lugar seguro. Lee no soportaba la idea de permanecer a resguardo mientras la desgracia acechaba ahí fuera, por lo que pidió a la dirección de Vogue, revista para la que trabajaba, ser enviada al frente. Junto con su compañero David E. Sherman, de la revista Life, recorrió una Europa devastada, siendo sus ojos en ocasiones los primeros en descubrir las atrocidades nazis en campos de exterminio. También le corresponde es suya, en primicia, la primera fotografía del camarín de Hitler tras su suicidio. Desafió las normas introduciéndose desnuda en su bañera, junto a una fotografía del führer genocida. Así fue retratada por su compañero David en una fotografía que dio la vuelta al mundo. 

Cuando pienso en este fascinante personaje, que fue musa de muchos, no puedo sino cuestionar el derecho que tengo a vivir con la comodidad con la que vivo. Quizá por esto también me resultaba chocante ver una obra sobre la pobreza y la marginación desde las alturas de una sala eminentemente rica en sus decorados. Tanto, que casi tocaba con mis dedos los brillantes cristales de una lámpara de época. Por lo menos, me quedaba el consuelo de saberme una hormiga a ojos de “los de ahí”, ese elenco que personificaba la despersonalización de tantos que nos pasan desapercibidos. La obra terminó y me dejó con la amarga sensación de no entender la lengua en la que los locales hablaban: el finés. 

Bajé de la tercera balconada y me acomodé en una de las últimas filas del patio de butacas. Los actores, una vez cesaron los saludos, se sentaron en sendas sillas colocadas al frente del escenario y desde allí nos contemplaban. Era el primer encuentro con el público al que acudía. Me llamó la atención que la mayoría de los asistentes parecían ser argentinos. Uno preguntó acerca de las distintas realidades de marginación que cada personaje representaba. Salió el tema de la pobreza y la enfermedad cuando se encuentran. Excusada por la locuacidad de tantos que querían preguntar, me quedé con un interrogante presionando mis labios, pugnando por salir: ¿por qué el autor había escogido precisamente la ceguera como paradigma de enfermedad?