“Todo hombre es responsable de su rostro después de los 40 años”, cita de Albert Camus, que llegó a mis oídos de la boca del maestro David Amitín, eminente director y mi profesor de teatro. David no es un hombre que se case con nadie y, a continuación, añadió un enunciado pronunciado por el archienemigo del primero, Sartre. Rezaba lo siguiente: “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Vino así a explicarnos la capacidad que tiene la vida para moldearnos y el margen de libertad en el que nosotros nos movemos para cambiar nuestro destino, y por ende, el espacio de nuestra dimensión actoral en el que es posible ejercer un cambio.
El dolor y las cicatrices condicionan nuestra experiencia. Aurora sabe muy bien de qué hablo. A lo largo de su vida, Aurora ha debido enfrentarse a la muerte de un hijo. Ha enviudado y se encuentra sumida en una indeseada soledad que la hace sufrir la crudeza del aislamiento. ¿Cómo sobreponerse a tanta dificultad? ¿Dónde encontrar la luz que ilumine las tinieblas? Hay quienes lo llaman suerte, quienes lo personifican en un dios humano y quienes, desde su escepticismo, prefieren referirse al sentido de trascendencia. Independientemente de la denominación, hay un reducto común en todas estas estrategias de afrontamiento: la fe. Es la esperanza que nos impulsa, el ideal que nos mueve y el compromiso íntimo con una voluntad que requiere de tiempo y esfuerzo para llevarse a cabo.
La idea de la fe no es tan ajena a la experiencia escénica. Para que lo acontecido en el escenario resulte creíble, es imprescindible dar un “sí”, el “sí mágico”. Es lo que otros llaman el sentido de la verdad escénica, o decisión por la cual, a pesar de conocer que lo que sucede en escena no es real, presto mi plena capacidad a su servicio, para vivirlo como si lo fuera. Solo así es posible construir un universo creíble y ficcional.
Hace unos años, durante la distópica pandemia que nos confinó a todos en casa, empecé a conversar por teléfono con Aurora. Lo tomé como un propósito personal para hacer algo por los demás, pero pronto entendí que necesitaba aprender de ella tanto o más de lo que ella requería mi compañía telefónica. Desde su fe cristiana, Aurora creía que en la vida hay asombrosas “coincidencias”, oportunidades que llaman a tu puerta, inesperadas y, a menudo, inexplicables, aparentemente fortuitas. Sin embargo, depende totalmente de nosotros tomar acción y asimilarlas, incorporándolas a nuestro particular curso de los acontecimientos.
Eran las 11 de la mañana y me encontraba en mi escritorio. Estaba sumida en un hilo de pensamiento que me azuzaba para ser escrito, cuando me sobresalté al escuchar el timbre. Al abrir la puerta, no sin cierta reticencia, pues en aquel momento gozaba de la gracia de la inspiración, vi a un joven y a una mujer de mediana edad ataviados con el chaleco de Cruz Roja. Él era voluntario en prácticas y ella algo más experimentada. Según me explicaron, como parte de la campaña de verano por los niños que viven en España en situación de pobreza, estaban recorriendo el barrio puerta por puerta. Su objetivo era conseguir un mínimo compromiso, una donación insignificante que unida a la fuerza del conjunto, haría la diferencia. Llevaban un fardo repleto de “noes” a sus espaldas.
No suelo ser ese tipo de persona crédula a la que es fácil persuadir cuando alguien le aborda por la calle. Por lo menos, no desde haber presenciado cómo mi hermana se vio engañada, en su inocencia de estudiante universitaria recién iniciada, por una mujer que se hizo pasar por sorda. Pero habían llamado a mi puerta, habían alcanzado la intimidad de mi hogar, mi versión más vulnerable. Cómo decir que no. Claro que sería un acto de asertividad sobrehumana, tal y como he podido aprender, pero quizá también una falla del orgullo y una equivocación. Guardo en mi subconsciente un discurso lógicamente construido acerca del compromiso, el sí y la receptividad. Es una herencia vital. Está grabada en mi memoria por el fuego de la experiencia y me condiciona. A pesar de esto, era perfectamente consciente de mi libertad de decidir. Y, contra todo pronóstico y en un acto de rebeldía frente a las voces más racionales de mi mente, decidí decir que sí.
La sonrisa de los voluntarios era visible y también yo empecé a sentir ilusión por aquel acto de generosidad que me había permitido. Tenía la miel en los labios del amor que se confiesa. Pero ese amor todavía no se había podido entregar carnalmente, todavía no lo había vapuleado el sacrificio cotidiano ni la renuncia nocturna. Era una idealista. Por eso, cuando el asunto se puso más serio, empecé a percibir una ligera sensación de agobio en la boca del estómago y el amargo regusto del arrepentimiento. Aquel compromiso iba a ser más tedioso de lo que creía. Tenía que rellenar un formulario con una infinidad de datos. Cansada ya de tanto escribir, al final debía dar mi sí definitivo: escribir, cifra por cifra, el kilométrico número de mi cuenta bancaria. ¿Es que acaso no podrían haber previsto un desenlace más amable?
Historia, libertad y compromiso. Los tres pilares que resumen el porqué de nuestra conducta. Los tres rufianes que nos llevan, en contra de nuestra más cabal voluntad, a tropezar dos veces con la misma piedra.