Curiosa mi deriva, de una experiencia a otra, sin demasiada conexión. A menudo me siento como un cúmulo de fragmentos cuyo ligante es asombrosamente débil. Y quizá es porque persigo con ahínco una especie de destino que dé sentido a mis esfuerzos cotidianos. Pero ese destino no es algo estanco y alcanzable, sino una colección interminable que se va conformando con el paso de los años. Y así, en esa acumulación constante de ideas, conceptos y nombres, me topé con un vídeo insospechado. Uno de entre las muchas de las profusas e inquietantes recomendaciones de YouTube. Hablaba de Simone Weil y María Zambrano, dos filósofas del siglo pasado que guardan estrecha relación con la figura de Antígona, tragedia de Sófocles en la que el amor se manifiesta como motor de la naturaleza y como fuerza que impulsa y transgrede cualquier tipo de división. Para Weil, el amor es concebido como la fuerza redentora que vence a la gravedad que arrastra y hunde al mundo en la desdicha. Sin embargo, aunque su discurso era claro y enérgico, muchos la tildaron de errática por no adherirse a ninguna de las corrientes de pensamiento de su época.
En esto me identifico yo con Simone Weil, pues mis días ociosos marcan mi estado de ánimo. Aunque en mi deseo de darles un sentido a veces me veo arrastrada por la fuerza persuasiva de los eventos inesperados, mi caminar es igualmente errático e impredecible.
Esta mañana, con vistas a realizar mi primer viaje en solitario al extranjero, a las tierras extra comunitarias de Reino Unido, he ido a renovarme el pasaporte a la calle Santa Engracia. Al llegar, me ha sorprendido lo mucho que se ha modernizado la comisaría en los últimos años. En vez de ser atendida por un funcionario, como es habitual, he pasado a una cabina que ha escaneado mi rostro y mis huellas dactilares sin apenas intervención humana, como signo inequívoco de que se está produciendo un cambio de paradigma. La inteligencia artificial a la que temen muchos es un hito que ha llegado para quedarse. Pero su regusto no es un amargo sinsabor, sino un nuevo compañero que despierta la curiosidad de una novedad inesperada.
Con mi documentación en regla, he salido orgullosa de la comisaría, pero sin saber adónde dirigirme. Como hacía buen día y llevaba un libro en la mochila, se me ha antojado muy apetecible ir a leer al Retiro. Sin embargo, me ha ocurrido lo que suele ocurrirme en estos menesteres: algo me ha distraído por el camino. Me he topado con la imponente fachada de la Biblioteca Nacional, en cuyo reverso se encuentra el Museo Arqueológico. Un mural en la verja de entrada anunciaba una exposición temporal: “Entre Caos y Cosmos; naturaleza en la Antigua Grecia”.
Nada más entrar el rugido de las olas te transportaba a la inmensidad del océano. Poco a poco, los distintos epígrafes, esculturas y piezas de artesanía ilustraban la que era la idea central de la exposición: la indómita Naturaleza se humaniza y diviniza en la mitología griega para encontrar una razón controlada que justifique y articule tanto caos. Del mismo modo en que el hombre ha desarrollado la técnica para poner la Naturaleza a su favor y someterla, con el fin de obtener de ella el sustento que necesita.
Y en esto, he llegado a dos paneles que han llamado poderosamente mi atención. El primero de ellos rezaba: “Eros, la fuerza motora de la Naturaleza”. Y, a continuación, un breve pasaje de Antígona:
“¡Eros, invencible en la pelea! ¡Eros, que en el corazón te infundes, que en las tiernas mejillas de la muchacha te posas y pasas toda la noche; por el mar vas y vienes y frecuentas las rústicas cabañas! De ti no se libra nadie entre los inmortales ni entre los efímeros hombres. El que a ti te posee, por la locura queda poseído”.
El segundo panel, acogía un enunciado desconcertante: “La Inteligencia Artificial nace en Grecia”. De pronto, he sentido que mi paso hoy por la comisaría y su cabina tan moderna no ha sido casualidad. Por lo visto, son muchos los artilugios que pueblan la mitología griega. Y de entre todos ellos, uno que a mí se dirige personalmente. Aquel demiurgo Dédalo que fabrica unas alas de cera para escapar de la cólera del rey Minos y que, lamentablemente, provocarán la muerte de su hijo Ícaro cuando se fundan al acercarse demasiado al Sol. Dédalo es justamente el nombre de mi grupo de teatro, asociación estudiantil de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Aeronáutica y del Espacio, el lugar donde los jóvenes esforzadamente aprenden los fundamentos de por qué los aviones vuelan. Qué hermoso destino el de mi caminar de hoy, Día Mundial del Teatro, en el que las piezas descabaladas del puzle parecen encajar de pronto.