Un funeral

Publicado el 23 de marzo de 2026, 12:53

Ver el cadáver inerte de alguien al que no conociste desdibuja el horror de la muerte, porque devuelve a la mirada su inevitable objetividad y hace menos culpable el deseo de querer pasar página. El 16 de abril de 2025 muere María del Carmen Toslada. El entierro tuvo lugar al día siguiente, a las cuatro y media de la tarde, en el cementerio de Ciudad Real. Era la primera vez que veía el rostro de una persona fallecida. Sin embargo, mi condición novel no aumentó mi susceptibilidad a las lágrimas. Todo lo observé desde la distancia, ni tan siquiera desde el dolor solidario, aunque fuera la abuela de Pablo. Había demasiados detalles a los que prestar atención para detenerme a sentir. Estaba a resguardo, como solo se está en las situaciones incómodas, que previenen del sufrimiento emocional al requerir una disponibilidad máxima de los sentidos. 

Ya en la estación de tren, me sorprende una reminiscencia de otro tiempo y de otro espacio. Esperábamos en el andén, como hacía unos años habíamos esperado en Valladolid. Esta vez el frío era menos intenso que aquella oscura mañana de diciembre, pero una nota común vibraba en el aire de ambos recuerdos: la provisionalidad. En ambos sitios estábamos de paso, ya fuera por unas obras que obligaban a hacer enlace para llegar a Santander o por la red de compromisos que se urden como telaraña en torno a una muerte inesperada. En este caso, por suerte, la gelidez no hacía la espera tan desapacible. Recuerdo aquel tren decimonónico con que se sustituyó la línea regular, de un historicismo rancio como el de los vagones que nos trasladaron al Campo de la Misericordia, en los alrededores de Cracovia, allá por 2016. Surcaban las llanuras Centroeuropeas como hace medio siglo aquellos convoyes de destino mucho más funesto que llevaban prisioneros a Auschwitz. Los muchachos que poblaban aquellos habitáculos rectangulares, sus paredes de madera vieja, habían sido convocados por un hombre (Jorge Mario Bergoglio) que hoy (21 de abril de 2025) ha partido a Casa del Padre o al Reino de los Cielos, ambos eufemismos que designan el lugar impensable que la muerte resulta. 

La muerte puede concebirse como canal o como fin, según la creencia particular de cada uno. Pero, de un modo o de otro, ambas son manifestaciones de una transformación entre estados. Pasamos del dinamismo vivo de nuestro mundo conocido a otro estado diferente en el que la existencia se mide bajo otros parámetros. Desde el prisma cristiano, el nuevo estado no es otro que la eternidad, y la muerte, una especie de tren que nos conduce a ella. Como no es posible comprar billete de vuelta, no podemos saber lo que significa habitar la eternidad. Imagino que el tiempo pasa mucho más lento, en ausencia de expectativas, como para las rocas. Las formaciones geológicas son el vestigio de los siglos, impresos por efecto de la erosión y otros fenómenos naturales. En La Rioja, pueden distinguirse dos muy prominentes: el Sistema Ibérico (formado por el Macizo de la Demanda y las Tierras de Cameros) y la depresión geomorfológica del Ebro, coincidente con la demarcación territorial de La Rioja Baja. Todos ellos son testigos de un tiempo tan grande en comparación con nuestra exigua vida que se puede aproximar eterno. Y, por eso, en lo alto de la torre exenta de Santo Domingo de la Calzada, siento miedo al divisar de lejos los montes del Toloño y el León Dormido. Es un vértigo distinto al de la altura, como colada de lava ardiente que golpea repentina e inconteniblemente frente a mi puerta, con consistencia física. O puede que solo sea aquel terror frente al rostro pálido de Mari Carmen, que ha cambiado de fase, al contenerse y no ser expresado.