Finales inesperados

Publicado el 23 de marzo de 2026, 12:36

Hace unos días quedé con una compañera de colegio a la que hacía seis años que no veía. Todo partió de un encuentro casual. Mi hermana Sara, que está ahora mismo tratando de aclarar sus ideas sobre qué especialidad coger dentro del amplio abanico de la Medicina, ha emprendido una ruta por los distintos hospitales de Madrid, tratando de encontrar respuestas. Nuestra compañera de colegio, Lucía, se encuentra en el mismo proceso de búsqueda, lo que las hizo coincidir la semana pasada en la jornada de puertas abiertas para nuevos residentes del Hospital Universitario Gregorio Marañón. Felices de reencontrarse, quedaron para tomar un café y yo me sumé a la cita. 

Durante la charla, café entre las manos, pensé en lo divertido que era comprobar la capacidad que tiene la vida de sorprendernos. Lucía había empezado la residencia de psiquiatría en Lyon, donde vivía con su novio costamarfileño. Su descontento con el servicio de psiquiatría en el que se encontraba, carente de toda supervisión y aptitud docente, la había traído de vuelta a España. Su inteligencia la había ayudado, sin duda, a superar el examen MIR, al que se presentó por si sonaba la flauta. Esto había supuesto una segunda oportunidad que la vida le brindaba, máxime después de haber visualizado un futuro exótico y desalentador como marfil blanco en la tierra azabache salvaje de su familia política. 

De la historia de Lucía me admiró su capacidad para acoger la sorpresa. Este es un ingrediente que a veces me asusta, puesto que tengo tendencia, como tanta gente, a zafarme de la incertidumbre. Sin embargo, la experiencia me ha demostrado el poder transformador de dejar que la vida fluya. 

En un paseo reciente, me aventuré a entrar  en el Mercado de la Paz, edificio bajo y rojizo en pleno barrio de Salamanca, que no había visto nunca y que había aparecido como de la nada al doblar la esquina de Claudio Coello. La fachada desentonaba con el aire señorial de los edificios circundantes. Era mucho más bajito y de carácter castizo. Entré a explorar y me encontré a un hombre pertrechado detrás de un puesto en el centro del mercado. Sonriente y entusiasmado, andaba regalando vales promocionales a los transeúntes como yo. 

Llamó mi atención con un saludo simpático y me ofreció dos entradas para aquel sábado en el Auditorio Nacional. Le pregunté por qué lo hacía y me contestó que, igual que otros regalaban merchandising, él prefería regalar arte. 

La experiencia fue extraordinaria. Desde la primera fila pude ver, junto a Pablo, la vibración de las cuerdas de la orquesta sinfónica Camerata Musicalis, en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional. El concierto se enmarca en un ciclo celebrado a raíz de la alianza entre el Auditorio y un conjunto de mercados céntricos de Madrid, para acercar la música clásica al público de a pie. Todos los espectadores habíamos sido invitados, sin buscarlo, a un deleite como aquel. El enérgico director había escogido cada pieza interpretada para ilustrar las características más destacadas de la vida del Mercado de Prosperidad, al que se dedicaba aquel concierto. El canon de Pachelbel, Vivaldi y su concierto para cuerdas en Re Mayor, Albéniz y su Sevilla y Asturias en Suite Española, el Vals de las Flores de Tchaikovsky y Samuel Barbero con Adagio para cuerdas. Cada nota estaba pensada para hacernos experimentar el sabor del despertar, el bullicio, la diversidad y el esparcimiento de la tarde que era tan simple y tan complejo como la suma de individuos que llenaban un espacio y lo vestían con dinámicas complejas, como las cuerdas dialogantes de la orquesta. Porque el todo es mucho más que la suma de las partes. 

Tanto disfrutamos que se nos fue el santo al cielo, pues teníamos un compromiso al que acudir entrada la noche. Antes de que me regalasen aquella experiencia tan clásica, Pablo y yo habíamos sacado el pase para un divertimento mucho más actual: un concierto tributo a Mecano. Se nos hacía tarde, apenas quedaban quince minutos para el comienzo de la función y salimos en estampida. Corrimos cogidos de la mano, yo con tacones y recogiendo mi largo vestido, por los pasillos del metro, escaleras arriba. Dejamos la plaza de Chueca a la izquierda para llegar a la Calle Barquillo y su Teatro Infanta Isabel. Pero el destino parecía haber jugado en nuestra contra y un cartel lucía en la puerta cerrada: “NO SE ADMITÍA LA ENTRADA UNA VEZ COMENZADA LA FUNCIÓN”. 

Mi novio aporreó la puerta, tratando de llamar la atención de un empleado de sala, pero nadie parecía escucharnos. Nos dimos la vuelta, resignados a nuestra mala suerte. Comenzábamos ya a caminar cabizbajos cuando, de repente, oímos el rechinar de la puerta abriéndose. Un acomodador se apiadó de nosotros y nos dejó entrar. 

Sin duda, un final inesperado.