Inversión

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:07

Creo que mi pasión por el mundo actoral viene de antaño. De pequeña adoraba jugar invirtiendo los roles de género. Cuando me veía inmersa en el universo ficcional que solo los niños saben construir en el patio del colegio, me gustaba no ser yo. No es que en la vida real no quisiera serlo, pero era mucho más divertido jugar a ser una persona distinta, tanto más cuanto más alejada estaba esa persona de mi propia identidad. Por eso, siempre escogía ser el chico. Trataba de comportarme toscamente, imitando la manera bestial que mis compañeros tenían de correr detrás de un balón, empujándose y repartiendo patadas por doquier. La cuestión es que esta experiencia interpretativa me envalentonaba y desarrollaba cierta tendencia a transgredir los límites y a comportarme de una manera inesperada, no como se presume de una niña inocente y apocada, lo que todo el mundo creía que yo era y lo que yo creía ser.  

La inversión de roles fue haciéndose paso en mi desarrollo, instalándose como una manera de afrontar las situaciones difíciles. Es una técnica como otra cualquiera que yo tenía preparada en la recámara para protegerme de los golpes inesperados. 

Un día de verano del 2009, no recuerdo cuál, por lo que no puedo precisar si tenía ocho o nueve años, mi hermana y yo nos encontrábamos en pleno letargo vacacional y mi madre no tenía con quién dejarnos. Mi madre siempre ha tenido bastantes patologías. Es diabética, tiene una malformación en el riñón de la que ha tenido que ser intervenida en varias ocasiones y presenta una delgadez extrema que en muchas ocasiones la gente confunde con un trastorno alimentario. A pesar de todo, es una mujer glamurosa y enérgica que lo maneja todo con mucha dignidad porque lleva muchos años controlada por los médicos. No obstante, su enfermedad me ha condicionado. En mi gusto por abandonar mi rol dulce e infantil, me sentía en el deber de proteger a mi madre de las miradas indiscretas. Aquel día, mi madre tenía que acudir a hacerse unos análisis de sangre y no tenía con quién dejarnos, nos llevó con ella al hospital. Creo que mi madre intuyó que de un tiempo a aquella parte, nosotras nos veníamos haciendo muchas preguntas sobre su afición a los hospitales. Después de dejarse extraer unos cuantos tubos de líquido sanguíneo, nos llevó a desayunar a la cafetería del hospital. Sin que mi hermana y yo lo esperásemos, empezó a hablarnos con la trascendencia y gravedad con la que se inician las conversaciones importantes. Nos contó que, cuando tenía 17 años, había enfermado gravemente por una intoxicación alimentaria a consecuencia de consumir aceite de colza. Litros y litros de aceite adulterado, tratando de abaratar costes de producción, se distribuyeron entre familias de los barrios más humildes de Madrid y otras ciudades de España. Mucha de esta gente murió por las secuelas, pero ella logró sobrevivir, eso sí, experimentando un cambio drástico en su aspecto físico. Desde aquel momento, le resulta muy complicado coger un gramo de grasa. 

Me impactó profundamente. Tanto, que mentalmente me convertí en Rottweiler, en sabueso preparado para saltar ante cualquier acto de estupidez humana que se dirigiera hacia su persona. En unos pocos días nos iríamos de vacaciones a la costa levantina, a Benidorm. Mi madre, con su complexión, pequeña y menuda y su gusto por vestir exquisitamente, llamaba aún más la atención entre tanta mirada indiscreta. Veraneantes de distintas procedencias pero igualados todos por sus atuendos playeros, yacían sobre sus tumbonas, escuetamente cubiertos por sus sombrillas a rayas. Entre toda esta población variopinta, un matrimonio con afición por el marujeo. Llevaba un rato observando cómo se reían entre cuchicheos, mirando en dirección a mi madre. Por suerte, ella no se había dado cuenta, o por lo menos, aparentaba ignorar aquel descaro. 

Era mi ocasión. Busqué en mi imaginario la figura del Rottweiler, aunque, pensándolo fríamente, debía de parecerme más a un Yorkshire gritón. Les dije a mis padres que iba a jugar a la orilla y me acerqué al matrimonio marujón. 

Les pregunté: ¿qué miran? Me dijeron que si me había perdido. Y yo les contesté que no, pero que sí que había percibido cómo a ellos se les había perdido alguna que otra mirada en dirección a mi madre. Venía a devolverlas.