Sopa de remolacha

Publicado el 23 de marzo de 2026, 12:21

Corte del último zar de Rusia Nicolás II, un hijo enfermo. El heredero al trono Alexei sufre de hemofilia, enfermedad genética por la cual la sangre no puede coagular. Una herida fortuita y un reguero manará silencioso, apagando las pulsaciones poco a poco hasta el último aliento. Por suerte, el místico y consejero Grigori Rasputín conoce el remedio necesario para curar al heredero. 

Más de un siglo después, en un rincón escondido de Madrid. Para celebrar un esperado encuentro tras largos meses de intenso trabajo, decido invitar a mi novio a cenar. Me gusta probar nuevas experiencias gastronómicas. Viendo el telediario y con una imagen devastadora de Ucrania en la retina, sin juzgar la asociación, decido buscar restaurantes ucranianos en Madrid. Entro en la aplicación TheFork. La primera sugerencia que aparece es Rasputín, esquina de Yeseros con Bailén. Reservo una mesa para esa misma noche a las 10. 

Sentados a la mesa, mi novio y yo. La sala estaba vacía, a excepción de una pareja que parecía encontrarse en los albores de la relación. Todo en su interior era lujoso y decadente al mismo tiempo. Las paredes aterciopeladas y las puertas de madera pintadas en verde. Lámparas lujosas que parecían imbuirnos en una obra de Chéjov. Olía a rancio, como si el polvo se acumulara en las alacenas y un cadáver se escondiera en la despensa. Ojeamos la carta, era un poco caro, digno de todo un zar, pero se trataba de una ocasión especial. Para abrir boca, por recomendación del servicio, pedimos una sopa de remolacha. Ambos nos relamimos, dejando bien relucientes las cucharas. Como principal, Gulasch, una carne guisada en una salsa de color bermejo. Todo esto regado con uzvar, una bebida típica muy densa hecha de frutas deshidratadas como manzanas, peras, ciruelas y pasas, endulzada con miel y fermentada con pan de centeno. Aquel brebaje parecía sangre coagulada por el mismísimo Grigori Rasputín. 

 

La cena llegó a su fin sin contratiempos. Rematamos con un postre mientras nos poníamos al día. Habíamos pedido una botella grande de uzvar y, antes de terminar el olandushki, unas tortitas coronadas con mermelada de fresa, yo no podía aguantar las ganas de ir al baño. Mi novio tiene la particularidad de que habla por los codos. Cuando está entusiasmado con algo, nada parece frenarle, ni tan siquiera la severidad de una mirada disuasoria. Así que, sin otra forma de cortar la conversación, tuve que salir corriendo al baño. Un grito helado se me quedó atascado en los labios. Quise pedir auxilio, pero el terror me detenía. Mi orina era más roja que todo lo que habíamos comido aquella noche, como si el espíritu del hemofílico Alexei hubiera decidido encarnarse en mi bajo vientre. 

Asustada, pedí la cuenta lo más rápido que pude e hice salir a mi novio corriendo de aquel lugar. Le conté lo que me había sucedido en el baño y decidió llevarme a urgencias. Me hicieron pruebas y, tras unas cuantas pruebas de satisfactorio resultado y unas cuantas preguntas de rigor, dieron con la causa de aquella orina falsamente sanguinolenta: la sopa de remolacha.