Aún puedo ver con nitidez los carteles que traducían al inglés los sustantivos más distintivos de aquel comedor triste y uniforme. Hileras de mesas blancas y negras que han dejado en mí una impronta de repulsión y una aversión radical hacia determinados alimentos. Yo no era una chica que comiera demasiado bien. Era bastante exquisita y, a menudo, sufría el pavor de los amenazados de muerte cuando la cuidadora Milagros me echaba la cabeza hacia atrás para introducir la cuchara hasta lo más hondo de mi gaznate. Mujer añosa donde las haya, se aseguraba de que, poco a poco, el contenido de nuestras bandejas metálicas fuese vertiendo y llenando los estómagos. Se atascaba, no obstante, cuando nos servían aquel arroz aderezado con la versión más gelatinosa que he visto nunca del magro. Y la escena acaba siempre con mi pequeño avatar relegado a la famosa mesa de “los castigados”. Aquel trance resultaba muy inconveniente a cualquier niño al que le gustase jugar, consumiendo contra su voluntad el tiempo de recreo. Debías permanecer allí hasta que te terminaras el plato. Y, en la mayoría de las ocasiones, al salir ya era hora de regresar a clase para comenzar el turno de tarde. Si algo había que extraer de positivo era que la adversidad une a los desdichados con vínculo inquebrantable.
En aquella mesa semivacía, me hice amiga de Juanjo. Era un niño algo mayor que yo, de unos ocho años, bajito para su edad. Era muy especial, sensible y cariñoso y de gusto refinado como el mío. Recuerdo que adoraba el baloncesto, aunque iba por el camino de no crecer demasiado, dadas las circunstancias. Tras largas afrentas batallando contra aquellos asquerosos alimentos, por fin salíamos a la superficie. Jugábamos juntos, pues los demás niños ya andaban involucrados en reñidas partidas de escondite o balón prisionero. Me ayudaba a perfeccionar mi técnica de tiro a canasta. Con los años, nos llegó la pubertad a ambos y aquel niño inapetente desarrolló un apetito voraz. Nos distanciamos. Ya no lo sentaban en la mesa de los castigados y, además, empezó a crecer rápidamente y de manera descomunal. Era tan alto, que lo ficharon para el equipo de baloncesto de competición de la liga de escuelas cristianas. Ya no jugábamos juntos y los únicos ecos que me llegaban de él eran los rebotes de los balones perdidos, caídos de lo alto, donde se encontraba la pista donde entrenaban. Aún más fuerte que la conmoción causada por el golpe, me resonaba la decepción de haber perdido un amigo.
Transcurrieron los años y ambos nos marchamos del colegio persiguiendo sueños y aventuras universitarias. Viajaba en metro con mi hermana Sara. Era un sábado por la noche, uno como otro cualquiera. Habíamos quedado con unas amigas del colegio para cenar y comentábamos lo mucho que hacía que no las veíamos. Cuánta gente con la que ya habíamos perdido el contacto. De repente, mi vista se posa en unas piernas kilométricas que surgían de los bajos de una minifalda. Mis ojos recorrieron aquel cuerpo esbelto pero fuerte. Su vestuario era femenino pero, tal su longitud, que hablaba en el dialecto del gigantismo transgénero. Mis ojos se detuvieron en otros ojos que me miraban. Aquella chica se nos acercó. Nos había reconocido. Se presentó como Jana, anteriormente Juanjo.