El lugar de lo prohibido

Publicado el 19 de marzo de 2026, 19:32

Mito como lugar y como origen. Como geografía insondable que explica lo que no llegamos a entender. Espacio ajeno en otro bien definido, diálogo con lo humano, hogar de lo divino. Es aquel lugar donde se tiene vedado el acceso. ¿Por qué La Rioja es el vértice de este relato? Porque, al igual que Jesús transformó el agua en vino (a petición de su madre) en una boda celebrada en Canaán de Galilea, así surgió la vida monástica en la histórica capital del reino de Pamplona – Nájera. De la roca. María volvió a aparecerse, esta vez a un rey más mundano, para convertir las aguas freáticas, contenidas en las tinajas de la Tierra, en barricas donde los licores fermentan con el paso de los siglos. Tríada mediterránea. Una copa de este brebaje te transporta a otro lugar, a otro tiempo. Disocias. Y llamas a la puerta de ese mundo misterioso: el lugar de lo prohibido. Cuando transgredan el umbral, sentirán una vergüenza punzante. 

Algo así me ocurrió hace poco. Nos dirigíamos al Monasterio de Suso. Condujimos nuestro vehículo por un sendero forestal que, presumiblemente, nos llevaría hasta el Monasterio. En la bendita ignorancia de no saber que aquel era un camino restringido. Llegamos y pregunté a un muchacho que estaba de guardia. Me dijo que estaba prohibido estacionar en esa zona, bajo multa de 500 euros. Y es que, evidentemente, toda transgresión debe asumir su correspondiente castigo. Pero no estábamos dispuestos a afrontarlo, y con una cobardía inusitadamente autorizada por la venia de aquel guarda forestal, volvimos sobre las huellas de nuestras ruedas. Eso sí, bajando la ventanilla y prodigando disculpas automáticas a todo aquel que se cruzase en nuestro camino. 

Esa sensación de vergüenza que se siente cuando te adentras en un lugar al que no te han invitado fue lo que experimenté el otro día en el teatro. Estoy en una época de mi vida en la que la vacuidad me resulta embarazosa, así que, casi sin darme cuenta, en cuanto tengo un atisbo de libertad, lo lleno de quehaceres, tareas y otros compromisos. Aquella tarde no tenía nada que hacer. Me aburría y, del aburrimiento, me brotó una sincera necesidad de ir al teatro. Decidí hojear una revista de programación teatral y escoger la primera obra que me saltara a la vista. La escogida fue “Los de ahí”, de Claudio Tolcachir. La obra hablaba de un grupo de repartidores inmigrantes que viven ajenos a toda experiencia de comunidad, excluidos de la sociedad, cansados de vivir al margen. 

Me resultó curioso ver una obra sobre pobreza y marginación casi tocando una rica lámpara de época. Por lo menos, algo tenía en común con los protagonistas. Y es que era una hormiga a ojos de “Los de ahí”, en este caso, los de abajo. La obra terminó y me dejó con la amarga sensación de no entender la lengua en la que los locales hablaban. ¡Lo aislada que se puede llegar a sentir una incluso rodeada de gente! Como si me hubiera colado en una fiesta a la que nadie me hubiera invitado. Intromisión que viví como la de Suso. 

Y, si hubo transgresión, ¿hubo también castigo? Al terminar la función, inesperadamente, me vi partícipe del encuentro de los actores y el director con el público, el primero al que asistía de esta índole. Fueron muchas las preguntas que se hicieron, sorprendentemente convergentes las voces. Al igual que el director, Claudio, que David y Silvia, mis profesores de teatro, y otras tantas almas parlanchinas que he conocido a lo largo de mi vida, la práctica totalidad de las voces tenían en común que eran argentinas. Entre todas aquellas preguntas, una se me grabó. ¿Cuál era esa misteriosa lengua que hablaban los locales de ese lugar ficcional que se extendía más allá de los límites del espacio escénico? Era finés, elegido por el autor por ser una de las lenguas más remotas y, por tanto, también desconocidas, para aquel público del Teatro María Guerrero. He de confesar que el castigo quizá fuera la punzada de dolor que sentí al verme identificada con aquellos oriundos de Finlandia, por incomprensibles, oscuros y hostiles.