Hace no mucho, acudí a una exposición de Roberto Fabelo en el Instituto Cervantes, antiguo Banco Español del Río de la Plata. Bajo la enorme cúpula de cristal diseñada por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, se mostraba una recopilación de dibujos, murales y cuadros del pintor cubano. En una vitrina central, repleta por sus cuatro costados, aguardaba a ser descubierta una colección de dibujos que el artista había realizado sobre distintos atlas de anatomía. Era muy curioso comprobar cómo a partir del esquema de un determinado sistema óseo o muscular daba rienda suelta a su imaginación. Aparecía entonces un universo totalmente ficticio de seres extraordinarios y, a su vez, monstruosos. Tenía una particular afición por las criaturas antropomorfas con cabeza de pájaro. Su pluma de mágico realismo ilustró una edición de Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez.
Entre todas aquellas alegorías, una obra singular captó mi atención. Parecía romper con este esquema que yo había vislumbrado. En este caso, era el cuerpo y no la cabeza del ave lo que prevalecía en el cuadro. Se llamaba “Extravíos en tiempos de COVID (Pandemia)”. En ella se podían distinguir cuatro elementos: un pájaro sin cabeza, un hombre que sobre la suya portaba una casa, el buche y cola de un pavo real del que nacían largas piernas de mujer y una cabeza con un cuerno brotando. “Cuerpo de pájaro sin cabeza” equivale a perder la cabeza; “largas piernas de mujer”, a una imagen del deseo; “cuatro paredes”, a la experiencia del encierro y “cabeza con cuerno”, es una metáfora de la infidelidad. Mi cerebro asoció de una manera un poco peregrina, pero el caso es que mi lectura de la obra fue que cualquier marido físicamente distanciado de su mujer en tiempos de pandemia, encerrado entre las cuatro paredes de su casa, podría perder la cabeza a consecuencia del temor a convertirse en un cornudo.
Aquella imagen era bárbaramente descriptiva. ¿Quién no ha sentido alguna vez ese miedo feroz cuando la incertidumbre y el peligro se confunden, cuando no tenemos certezas pero sí sospechas? En una entrevista a Isabel Allende para la Fundación BBVA, cuando le preguntaron de qué manera entendía ella el realismo mágico, dijo que no era el producto de una invención. Muy al contrario, la realidad de la familia en la que había crecido era mágica de por sí, inspirando su primera novela, “La Casa de los Espíritus”. Ella tan sólo aceptaba el misterio y ponía palabras hipotéticas a sucesos inexplicables.
Algo así le sucedió a una chica cualquiera, pongamos que se llama Cristina. Cristina era la novia de Rodolfo, actor que interpretaba al protagonista de la obra que montamos este año en la universidad. Según pude leer en sus rostros una tarde después del ensayo, me pareció que las cosas no marchaban demasiado bien entre ellos. Sorprendí una mirada esquiva y algún que otro reproche silencioso cuando, en un momento de intimidad en escena, Rodolfo besó cariñosamente a Ana. Sin embargo, los ensayos avanzaban, y ningún chisme llegó a mis oídos. Era posible que en el frenesí de la preparación de la obra, mi imaginación hubiera volado en exceso, rebasando los límites de la realidad. No volví a preocuparme y lo atribuí a una clara falta de descanso.
Un mes después de la finalización de las representaciones, yo había salido de casa para asistir a un espectáculo de ópera: “Ópera Omnia”, en el Fernán Gómez. Lo había encontrado por casualidad entre la programación que se incluía en mi abono gratuito. Iba con mucha prisa, me había echado a descansar un rato después de comer y, sin quererlo, me había quedado profundamente dormida. No las tenía todas conmigo de que fuera a llegar. Por suerte, no había pagado nada por la entrada. Eran las siete en punto, hora de inicio del espectáculo y todavía estaba a quince minutos del teatro. Ya no llegaba. De pronto, recibo un mensaje por WhatsApp. Ana, la protagonista de la obra, me cita en una cafetería para contarme algo muy importante. Movida por la curiosidad y para mitigar la decepción de haber prolongado excesivamente mi siesta, acudo a la cafetería en la que me había citado.
Una sonrisa triunfal coronaba su figura regia. Había cosechado un éxito muy importante. El chico del que llevaba todo el curso enamorada le correspondía. Pero, ¿de quién se trataba?, pregunté. Sentí el contacto de un frío helado como respuesta. No todos habrían de albergar la misma alegría. El objeto de su deseo era Rodolfo, su compañero en escena. Y por tanto, ciertas las sospechas de Cristina y justificados sus celos, premonición rescatada de mi memoria.
Así que es posible que aquella imagen del cornudo delirante de Fabelo fuera, como decía Allende, mucho más que un juego retórico en virtud del realismo mágico. Más bien, una vívida ilustración de esa confabulación de sucesos inexplicables que a veces nos atormentan.