Salir a correr para poder respirar el aroma a tierra húmeda después de una semana de lluvia. Es la expresión de mi libertad particular y un ejercicio que responde a mi frenético deseo de evitar la enfermedad. Y en la lógica de este pensamiento, natural pero exagerado, puede que haya más enfermedad que salud. No obstante, la cuestión dista de ser sencilla de interpretar. Al pasar por delante de unas casas de piedra, huelo la leña quemada. Y recuerdo el fuego que quema el hospital psiquiátrico en la adaptación cinematográfica de “Los renglones Torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena. Interpreto el aroma incensario como señal de un sino que puede ser también el mío. Y mis ojos se posan en una de las direcciones que regulan el tráfico: J.I. Luca de Tena. Busco la identidad de este hombre que comparte apellido con el autor que ocupa mi pensamiento. Resulta ser su padre, además de comediógrafo, periodista y diplomático español. Sin duda esta profesión habrá determinado su presencia en aquel rótulo, pues la barriada entera está dedicada, en los nombres de sus calles y plazas, a personalidades que tejen lazos entre España e Hispanoamérica. Por causa de esta nimiedad me barrunta la idea de que en la vida no hay azar. El destino, cayado en mano, nos dirige como a ovejas del rebaño, segregando por atributos, a los individuos que constituimos la masa de la humanidad.