Dialogando

La filósofa Simone Weil era perseverante en su hábito de escribir. Sus "Cuadernos" de Marsella son una buena muestra de ello. Ella creía que los actos de pensar y escribir no pueden desligarse. Y no es que yo sepa mucho de filosofía (todavía), pero al escribir abro grandes debates con una voz que me responde desde el otro lado de mi conciencia. Aquí te dejo unos pocos. 

Confidencias urbanas

Un día en que me encontraba ofuscada, me dio por hacer limpieza para despejarme. Decidí ordenar el armario donde se encontraban amontonados álbumes de fotos, archivos y documentos que marcan los hitos históricos de toda una vida, así como un cúmulo de papeles amarillentos e inservibles entre los que se diluye su valor. Como exploradora en busca de la gema escondida, me dispuse a separar el grano de la paja, y así, entre carpetas correspondientes a cursos formativos que ha acumulado mi madre a lo largo de su carrera en el Ayuntamiento de Madrid, encontré este hermoso poema, que no tiene desperdicio: 

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Transgredir. ¿Locura o realidad distorsionada?

Salir a correr para poder respirar el aroma a tierra húmeda después de una semana de lluvia. Es la expresión de mi libertad particular y un ejercicio que responde a mi frenético deseo de evitar la enfermedad. Y en la lógica de este pensamiento, natural pero exagerado, puede que haya más enfermedad que salud. No obstante, la cuestión dista de ser sencilla de interpretar. Al pasar por delante de unas casas de piedra, huelo la leña quemada. Y recuerdo el fuego que quema el hospital psiquiátrico en la adaptación cinematográfica de “Los renglones Torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena. Interpreto el aroma incensario como señal de un sino que puede ser también el mío. Y mis ojos se posan en una de las direcciones que regulan el tráfico: J.I. Luca de Tena. Busco la identidad de este hombre que comparte apellido con el autor que ocupa mi pensamiento. Resulta ser su padre, además de comediógrafo, periodista y diplomático español. Sin duda esta profesión habrá determinado su presencia en aquel rótulo, pues la barriada entera está dedicada, en los nombres de sus calles y plazas, a personalidades que tejen lazos entre España e Hispanoamérica. Por causa de esta nimiedad me barrunta la idea de que en la vida no hay azar. El destino, cayado en mano, nos dirige como a ovejas del rebaño, segregando por atributos, a los individuos que constituimos la masa de la humanidad. 

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Max Ernst: el filosofo que se divertía jugando a los dados

Iba en el tren camino del centro donde asistía a un curso del INEM de Transformación Digital. Para los no familiarizados con el término, viene a decir que estaba en paro. El cercanías estaba ya a punto de entrar en la estación de Manoteras, cuando me llamó la atención un cartel que anunciaba la exposición de un tal Max Ernst en el Círculo de Bellas Artes. Era un autor surrealista cuya existencia yo desconocía. En sintonía con la corriente que representaba, me pareció desconcertante a la par que fascinante y (casualmente) vinculado con la temática del curso al que yo asistía. Precisamente, creo que la esencia de Max Ernst es su innata capacidad para disfrutar de la transformación como estado. 

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Ególatras

La calle estaba cubierta de una capa de hojas color cobre, emanaba una luz plomiza. Me dirigía a la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Temiendo el momento de encontrar un buen resultado escénico, buscaba la justificación que le daría al plausible éxito. ¿Hay algo más hipócrita y maldito que la voluntad de destacar irremediablemente? Es el arma que lacera las almas de todos los poetas dormidos. Dormidos ante la inmensidad de la existencia humana y la infinitud de individuos. Acababa de marcar territorio con una suave y contundente reprimenda al pobre que me acababa de llevar la contraria. Y es que, por supuesto, existía una razón para hacerlo, pero ante todo un deseo inconfesado de reivindicar mi importancia. 

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Oxímoron

La coincidencia de nombrar Alhelí a un colibrí del imaginario común delante de un ramillete de flores amarillas pero anónimas, que gustan de recibir tal apelativo. Son como la risa que sigue al pesar de pasar por alto la parada, el alivio agridulce de la verdad amarga. El despiste le ocurrió a Amelia, una compañera de teatro, por ser demasiado reflexiva. En corro y aferrados a la barra metálica del metro, la jocosidad general amortiguó la grandeza de un comentario elevado. 

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Spinoza y los librepensadores

El mal radical surge cuando los hombres dejan de pensar, cuando aceptan el mundo tal y como es sin cuestionar, sin reflexionar, y se convierten en engranajes de una maquinaria que no entienden pero que perpetúan. Resistir al mal no requiere de heroísmo, sino la simple y a menudo olvidada capacidad de distinguir entre el bien y el mal, de decir “no” cuando el mundo exige obediencia ciega. Este acto de pensar, de juzgar y de actuar, es lo único que nos separa de convertirnos en autores de nuestra propia deshumanización (Hannah Arendt) 

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El brutalista

Escribo sobre el origen de la construcción. Sobre lo irreductible y sublime de un material al natural. Lo inconmensurable y lo insignificante. Como una cámara que se enfoca hasta alcanzar su máximo aumento y se aleja, telescópica, hasta su posición de gran angular. 

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Una filosofía en femenino

Qué curioso me resulta el devenir del pensamiento. Es viaje errático la mayoría de las veces. No obedece a razón aparente. Y, sin embargo, qué asombrosamente certero en su deriva. Encontrarse cierto fin de semana en una ciudad ajena del norte de España, pongamos que hablo de Logroño. Ser 15 de marzo y cerrar un mes dedicado a ensalzar a la mujer tantas veces relegada (desde el 11 de febrero, Día de la Mujer en la Ciencia hasta el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer). Desconozco los matices de por qué estos días se celebran cuando se celebran, al igual que desconozco por qué esta mañana he decidido escuchar un vídeo que hablaba de la vida y obra de Simone Weil, y otro que definía el contorno y corazón de su figura en relación con otra gran filósofa, María Zambrano, mediando una tragedia griega (“Antígona”, de Sófocles; a la que siguen “Edipo Rey” y “Edipo en Colona”). Tampoco puedo explicar por qué se me ha antojado subirme a la bicicleta estática mientras lo escuchaba. Puede que haya razones que sean superiores a nosotros, porque fueron puestas y no adquiridas. Curioso es también pensar que ambos vídeos los explicaban mujeres, de apellido catalán y distintas generaciones, solo quizá vinculadas por una transmisión generacional del conocimiento. 

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