Una bruja espía la noche. Avanza oculta por un manto de paño y tiene aire de mujer fatal. Solo que su fatalidad no brota de la sensualidad de sus curvas. Es como un aura tenebrosa que se estremece por indulgencia. No es joven, pero tampoco vieja. Y cuando se ríe, asoma su lengua por el hueco entre sus dientes. Tras sus ojos verdes, protegidos por un flequillo de tirabuzones grisáceos, habita un alma felina. Camina a paso ligero, sin querer ser vista, por delante de la fachada del Bretón de los Herreros. Al cruzarse con unos viejos delatores en la calle, sus pasos se aceleran. Se ruboriza por una especie de vergüenza ajada. Doblando la esquina de la primera bocacalle, llega a la senda de los elefantes. Se escurre entre el bullicio, mojándose a consecuencia de una lluvia que cae fina. Durante un pequeño trecho, se refugia bajo los arcos de la calle portales. Las campanas de la Redonda dan las doce. Es la hora de la fiesta, celebrada entre vapores de oscuridad. Los búhos ululan en la calle Sagasta y, con su sonido, hacen aún más infinito el horizonte del puente de hierro.
En la plaza de Alonso Salazar y Frías, la bruja despega en su escoba. Curioso vestigio, trescientos años tardío, se dibuja en la fachada de un edificio solitario. El primer vuelo de un avión sobre Logroño ocurrió en 1910, quizá en recuerdo de aquel auto de fe de los días siete y ocho de noviembre de 1610, en que un grupo de personas oriundas de Zugarramurdi, fueron acusadas de brujos y brujas. Debían sufrir la calcinación en sus carnes vivas o sobre su espíritu muerto, en efigie, como castigo a su herejía. Pero aquella mujer no tenía nada de sospechoso. No parecía estar más alejada de la heroicidad que de los fuegos del infierno. De hecho, tenía cierta luz en sus mejillas. Como prendida de fe y esperanza en la expectativa de que algo mágico sucediera. Como mujer aventurera y valiente que quisiera surcar los cielos. Una Amelia Earhart en tierra de viñas. Una acusación falsa, una condena y un castigo. Una culpa con sabor a aquelarre y una mancha de palabras desmedidas.
Un frío intenso y húmedo se colaba hasta nuestros huesos. El fantasma de la bruja ya había huido a algún punto del firmamento, y en su lugar quedó una mujer algo agria. Sacó un saquito a modo de cestillo, para depositar la voluntad por aquella visita, y se sugirió rito eucarístico. ¿Qué es acaso la Eucaristía sino trascender los límites de nuestra humanidad mortal para encontrarnos en un espacio común, gozoso y distinto? Impelidos por el espíritu de la trascendencia, subimos a un monte que se alejaba unos kilómetros de la ciudad: el monte Cantabria. Desde allí se divisaban las tierras de tres provincias distintas: Rioja, País Vasco y Navarra. En su cima se encontraba un yacimiento que databa de la época prerromana, con un poste blanco que marcaba la conquista del explorador moderno, el científico. Era una instantánea a vista de pájaro de lo que difícilmente se puede palpar a ras del pavimento. La ausencia de lindes, el territorio sin grietas. La inmensidad y la pequeñez igualadoras.
En otro espacio y otro tiempo, algunos meses después. Apostadas en uno de los palcos del segundo piso de los Teatros del Canal, adaptamos nuestros ojos a la penumbra. Pocos instantes después de que se apaguen las luces, empieza a aparecer ante nosotros un escenario enrejado por celosías conventuales. Don Estrafalario y Don Manolito, contando la historia de Don Friolera, teniente cuya mujer ha herido su honra. Un baile de marionetas tiesas y siniestramente sonrientes nos introducían en el relato de un adulterio. Y sus palabras cobraban vida, como inflamadas por el hechizo de una bruja.