Mis lecturas de verano.
Otro gran generador.
¿Qué, cómo, cuándo, cuánto?
¿Será suficiente?
¿Leer?
Nunca dejes de escribir.
¿Cuánto hace falta leer para poder escribir?
¿Cuánto hace falta escribir para llegar a ser alguien?
¿Alguien? ¿Por qué quieres ser alguien?
Es mejor ser la primera gota en un día de lluvia,
tras la sequía.
Y después de la calma, otra vez el bombardeo.
¿Cuántas páginas? ¿Qué pretexto?
¿Cuántos personajes?
¿Voz o voces?
No muchas, una, convincente.
Que te persiga
o te revuelva
o te enamore.
Estas preguntas me rondan cuando abro un libro o me siento ante un folio en blanco. Son mis preguntas. Pero también creo que son LAS preguntas. De la ambición y el principiante. Tantas ganas de ver otros mundos y de encontrar el mío propio que vuelvo a sentir el gusanillo. Supongo que lo que quiero (y lo que quieres) es llegar a ser grande. No como una superestrella que desprende estilo y sale en portadas de revistas chic. De las baratas y auténticas. Las de foto pequeña en la contraportada y mirada interesante apoyada sobre un puño platónico.
Y, para ello, empiezo a leer todo cuanto caiga en mis manos. Buenos, todo a lo que se le presuma cierta “calidad”. Es decir, aquello plagados de errores flagrantes que mi ojo inexperto no detecta. Libros con gracia o sin ella que me permiten descontar un título de mi lista interminable. Libros que me abruman y dilatan mi pesar. Obras que a cualquiera le encumbran como buen lector. Y es por ello que, tras pocos pero largos litigios con tremendas obras de nuestra literatura, este verano me he propuesto leer para disfrutar.
(Y no se lo digáis a nadie). Digamos que me apetecía sexo. Y busqué un libro sobre sexo, “Las edades de Lulú”. Me sorprendió inexplicablemente. Soez, explícita, machista, en algunos momentos cruel y repugnante. Y anodinamente adictivo. Un despertar sexual a través del escándalo. Con mi dosis de placer autónomo y culpable, quise indagar la narrativa breve. Siempre he sido de las que cogen el toro por los cuernos sin importar cuanto pese. Si había que subir a la Giralda, mejor en dos que en tres segundos; si jugar un partido de tenis, mejor a 5 que a 3 sets. Si salir a caminar por las montañas, mejor dar la vuelta al mundo. Y si escribir una novela, mejor de más de 500 páginas.
Pero chocar repetidamente contra una misma pared empezó a resultar doloroso. Con la clara demostración de que me atasco obsesivamente con las palabras, decidí cambiar de táctica. Abordar el relato, escribir todos los días y aprender la técnica y su agilidad. Leer, leer y leer, para así desatascar me. Leí “La Claridad”, una colección de cuentos no precisamente bucólicos, pero sí galardonados. A la gente no le gustan las historias felices, prefiere el morbo. En estas me vi con mi hermana y dos amigas, en una cueva escuchando monólogos. Deseé salir desde el primer momento y aborrecí que fueran tan inclusivos con la hembra del pollo. Ya ven, del sexo al dolor y del dolor a la gloria. Es una concepción masoquista de las pasiones humanas y la tríada favorita en mis círculos más próximos. Quizá no resulte tan extraño si confieso que pertenezco a un entorno conservador. Quise zafarme por fin de esta vida lectora de pasiones ocultas y llegué a un humor distinto, irónico y sardón. De él pude extraer dos pequeñas verdades: David Sedaris ha sido un fumador empedernido y Richard Osman debe estar cerca de la senectud. Empatiza entrañablemente con el sector de los jubilados. En cualquier caso, todavía tengo muchos títulos en la lista: “La Delicadeza”, de David Foenkinos; “Lluvia amarilla”, de Julio Llamazares; “La verdad sobre el caso Savolta”, de Eduardo Mendoza y una procesión interminable que cada vez va haciéndose más extensa.
Escogidos por la atracción que me despiertan y, también, lo reconozco, por mis ansias de crecer intelectualmente. No se trata de aprender de los grandes, sino de robar su grandeza hasta asumirla entera. Siento vergüenza al reconocer mi vanidad, pero creo que es el primer paso para alcanzar, ¿mi propósito?. Sé que cuando lo consiga, por fin, lograré disfrutar de la lectura.