El brutalista

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:25

Escribo sobre el origen de la construcción. Sobre lo irreductible y sublime de un material al natural. Lo inconmensurable y lo insignificante. Como una cámara que se enfoca hasta alcanzar su máximo aumento y se aleja, telescópica, hasta su posición de gran angular. 

Mi bolígrafo busca el sentido de mi vida y la tristeza que me embarga a veces. Me pesa tropezarme todavía con la misma piedra. Supongo que este sabor amargo nace de negar. 

No poner nombre a lo que me pasa, querer ser otra y luchar, porque luchar cansa. Combato con todas mis armas, pero me agoto. Porque en esta lucha, mi enemiga es exigente. Íntima y extraña, mi identidad reclama su parte de la tarta. La guardo bajo llave, pero trata de romper su mordaza, curada de espanto, mi soledad abandonada.

Un pensamiento que nace de un gesto. Del amor que se expresa sosteniendo un paraguas, aunque nos mojáramos ambos. Porque lo importante de hacerlo no era su función sino su significado, su voluntad de expresar. Su carácter superfluo y sin embargo necesario, porque quería decir más que una infinidad de palabras. En el cine, la risa de un niño quiebra el silencio. Las notas despiertan nuestros sentidos, en escalera, ligera caricia sobre un piano. Siento entonces que un relámpago irrumpe sin pedir permiso. Pero lo contengo. Porque quizá su fuerza sea demasiado arrolladora y desbocada. Dinamita que hiere y cicatriz que sangra. Trato de abrazar mi grito y transformarlo en algo más amable. Sucumbo ante la imposibilidad. Catarsis es expresar la rabia y no endulzar el llanto para que parezca savia. 

Daban las seis y media cuando me percaté de que estaba pisando la estrella de Fernán Gómez, en el paseo de la fama madrileño, trastienda de Plaza de España. Cerca de ella, Luis Buñuel, Jose Luis Garci, Javier Bardem y su mujer, Penélope Cruz. Estábamos a punto de entrar a la sesión de tarde de los cines Golem, feudo y resistencia de la versión original. Habíamos cruzado la suciedad y el moho de los días de fiesta, esa ciénaga donde los chavales se amontonan para entrar a la discoteca Cuenca. Pablo olía a fragancia de caballero. Yo soñaba con ser ciega e invertir los papeles de la historia del cine, “Esencia de mujer”. Y que mi olfato recorriera los rincones que la ropa me negaba tocar. Antes de entrar, en el vestíbulo, un rápido vistazo a los carteles de las próximas semanas me dejó con el regusto agridulce de no poder verlo todo. La primera fila resultaba demasiado próxima a la pantalla, sobre todo para estaturas por encima de la media, de modo que Pablo tuvo que apoyarse negligentemente sobre su espalda. 

La película se dividía en dos partes. La primera, tenía por título algo sobre el resurgir, un nuevo comienzo. La segunda, aludía a algo más esencial y trascendente, el núcleo de la belleza. Laszlo Toth fue un arquitecto húngaro que sufrió los embates de la brutalidad nazi. En su Budapest natal, había desarrollado ya una obra relevante cuando fue enviado a un campo de concentración por su origen judío. Lo mismo le sucedió a su mujer y a su sobrina, criada por el matrimonio tras la muerte de la hermana de Laszlo. Ellas fueron recluidas en un campo de concentración distinto, por lo que la familia permaneció separada muchos años. 

Derrocado el Reich, Laszlo viaja América, con la esperanza de labrar un nuevo porvenir en el país donde cualquiera podía erigir en castillos sus sueños. Allí comienza a trabajar en el estudio de su primo, quien regentaba una tienda de muebles. La relación entre los primos se trunca cuando, siendo contratados para realizar una reforma en una biblioteca privada, el cliente se niega a pagar la obra por lo disruptivo del resultado. 

Roto el único lazo que le mantenía conectado a la realidad, el arquitecto comienza a trabajar picando carbón en la construcción. En un momento de renovación cultural y social en el que Europa está siendo reconstruida tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial, los proyectos de Laszlo en Hungría adquieren renombre internacional y llegan a la prensa neoyorquina. Su antiguo reprobador reconoce al autor y lo relaciona con aquel debilucho hombrecillo al que echó de su casa sin haber remunerado su trabajo. En su biblioteca, diseñada por Laszlo, el magnate ve una oportunidad para obtener beneficio económico, no solo dando a conocer la existencia de la obra, sino iniciando un ambicioso proyecto de un centro social que satisficiera las necesidades de la comunidad. Es entonces cuando Laszlo comienza a trabajar a las órdenes del empresario, quien le provee de todo lo que necesita para abastecerse, además de un buen salario, facilitando la llegada a EEUU de su mujer y su sobrina. 

El aparente golpe de suerte que parece dar la vida de Laszlo de repente se torna en oscuro y siniestro, pues la familia anfitriona, que actúa como mecenas del talentoso arquitecto, se desvela como una sarta de sabandijas que expresan su afecto de manera utilitarista, cegados por la codicia. Tras un accidente totalmente fortuito, el ánimo caprichoso del magnate se resiente y decide dar al traste con todas aquellas ideas que había proyectado. Esto supondrá un nuevo fracaso para Laszlo, quien, no obstante, se volverá a mostrar receptivo cuando el despiadado señor, de nuevo vestido con piel de cordero, vuelva a buscarlo.  

En el paroxismo de lo abominable, Laszlo cae en las redes de las adicciones, como mecanismo para evitar el dolor de la podredumbre. En una fiesta a la que ambos son convocados, para celebrar la reanudación del proyecto, Laszlo es violado por el señor. Es esta una escena de poderosa fuerza simbólica, pues representa la supremacía de los poderosos y la violencia con que ejercen esta sobre las minorías sometidas. Los acogedores, los salvadores, aquellos seres autocomplacientes, endiosados por saberse capaces de ayudar, se convierten en carroñeros que aprovechan la situación de vulnerabilidad e injusticia de un colectivo tan maltrecho y maltratado como es la nación judía. La apisonadora de la nación de las nuevas oportunidades, que succiona las energías de tantos de “tontos útiles”, que los corrompe e intoxica su espíritu para que se hagan responsables de la pérdida de la belleza que les ha robado. Como dice Juan Mayorga recordando las “zonas grises” de Primo Levi, entre los habitantes de la zona gris todos son culpables, incluso las propias víctimas, que abocadas a entregar su moral a cambio de su supervivencia, se hacen tan deleznables como los propios verdugos. 

Pero me temo que, por trágico y cinematográfico que parezca, este conflicto es actual y no deja de interpelarnos, y además, en distintos planos. Para empezar, la fuga de cerebros a nuestra querida América recuerda mucho a la Transilvania de Drácula. El gran imperio, orquestador de nuestra cultura global, succiona la sangre y los recursos de sus congéneres más diminutos y los aprovecha para su causa. Por otro lado, se descorre la cortina de la geopolítica internacional. Maquiavélicamente, el gigante estadounidense ocultaría oscuros intereses en la persistencia de los conflictos armados que caracterizan el presente momento histórico (guerra de Rusia en Ucrania, guerra de Gaza y otros tantos). 

Por suerte, finalmente la justicia floreció en la vida de Laszlo. Nuestro humilde arquitecto se convirtió en exponente del Brutalismo, movimiento arquitectónico en el que se pone en valor la fuerza bruta de la naturaleza, lo universal y primitivo de las formas sin tallar. Lo colosal y lo terrible como antesala del secreto misterioso que llamamos belleza. 

Y llegando a esta conclusión, en paz conmigo y con quien me acompaña, pienso que quizá mi lucha no sea tan terrible y tan vana. Y que todos los conflictos que he cargado a las espaldas se transformarán cual oruga en mariposa, sin ornamentos ni maquillajes accesorios. Y será ese íntimo extraño, bello por verdadero, el que escribirá lo restante de la historia. 

Salimos del cine. Sigue lloviendo, corazón, y no es que el corazón llore, es la verdad que baila. Se difumina en la paleta del asfalto para dejarse pintar, más adelante, desde el desván de la memoria.