Transgredir. ¿Locura o realidad distorsionada?

Publicado el 23 de marzo de 2026, 14:00

Salir a correr para poder respirar el aroma a tierra húmeda después de una semana de lluvia. Es la expresión de mi libertad particular y un ejercicio que responde a mi frenético deseo de evitar la enfermedad. Y en la lógica de este pensamiento, natural pero exagerado, puede que haya más enfermedad que salud. No obstante, la cuestión dista de ser sencilla de interpretar. Al pasar por delante de unas casas de piedra, huelo la leña quemada. Y recuerdo el fuego que quema el hospital psiquiátrico en la adaptación cinematográfica de “Los renglones Torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena. Interpreto el aroma incensario como señal de un sino que puede ser también el mío. Y mis ojos se posan en una de las direcciones que regulan el tráfico: J.I. Luca de Tena. Busco la identidad de este hombre que comparte apellido con el autor que ocupa mi pensamiento. Resulta ser su padre, además de comediógrafo, periodista y diplomático español. Sin duda esta profesión habrá determinado su presencia en aquel rótulo, pues la barriada entera está dedicada, en los nombres de sus calles y plazas, a personalidades que tejen lazos entre España e Hispanoamérica. Por causa de esta nimiedad me barrunta la idea de que en la vida no hay azar. El destino, cayado en mano, nos dirige como a ovejas del rebaño, segregando por atributos, a los individuos que constituimos la masa de la humanidad. 

La primera imagen que me viene es la de una fuerza inexorable con la que es imposible no transigir. La fuerza se llama destino. 

Nietzsche hablaba del “eterno retorno”, mecanismo por el que asumimos nuestro destino cuando vivimos de tal manera que, de poder regresar al pasado, no podamos arrepentirnos de nada y no nos veamos tentados de modificarlo. Pero, claro, modificar el pasado es una posibilidad que excede los límites de la realidad que concebimos, y, por tanto, nos genera aturdimiento. Con este efecto desconcertante juega la película “El Secreto del Orfebre”, protagonizada por Mario Casas y Michelle Jenner, atrapando al espectador en una noria infinita que se deforma como cinta de Möebius. 

La propuesta me cautivó. No obstante, en una tertulia posterior, mi madre y hermana coincidían en que rozaba el absurdo. Es la sensación que tenemos cuando se nos confronta con los límites de la realidad. Creemos que son completamente indeformables, pero, muchas veces a través del arte, su consistencia es elástica. Se elongan y, desde su deformidad, nos permiten tener otra perspectiva del mundo. Y a veces, a esa perspectiva marginal, la llamamos locura, que no es lo mismo que enfermedad. Desde el gallinero o segunda balconada de los Teatros del Canal, los “Cuernos de don Friolera” me atravesaron con su asta. Valle - Inclán, con su esperpento, que es denuncia de una literatura mediocre producto de su generación, probablemente se preguntara también por su destino desdichado, en un clima de incertidumbre política motivada por el desastre del 98, en que se perdieron las últimas colonias en América: Cuba, Filipinas y Puerto Rico. A Ramón María la sociedad le parecía vacua y pueril, situación que denunciaba mediante la risotada feroz. 

La segunda imagen que se me viene es la del mito. 

El mito es el origen de la vida, o por lo menos así lo entendían los griegos, como relato que explica la realidad insondable que no llegamos a entender. El mito es el contacto con la frontera de nuestro entendimiento. Al igual que Jesús transformó el agua en vino en una boda celebrada en Canaán de Galilea, así surgió la vida monástica en la histórica capital del reino de Pamplona - Nájera. De la roca madre. La madre de Jesús volvió a aparecerse, esta vez a un rey más mundano, para convertir las aguas freáticas contenidas en las tinajas de la Tierra en licor fermentado en barrica arcaica. Talismán para los griegos, e integrante de la tan aclamada tríada mediterránea, trigo, vid y olivo, para ellos era mucho más que una bebida espirituosa. Era pretexto para el acto de conocimiento, para derribar las barreras de la ignorancia, en un acto que no puede ser sino social. 

Y en esa experiencia mítica que se parece tanto a un sueño, verborreico por la complicidad del alma confidente, a veces nos adentramos en lugares donde tenemos vedado el acceso. Son jardines como el Edén que nos atraen libidinosos, como a tantos extranjeros que yacen semidesnudos sobre las praderas soleadas de los Jardines del Buen Retiro, convertido en parque urbano en 1767 por Carlos III, el monarca urbanista. La confidencia invita a descubrirse y a ser conspirador, abjurando de la norma. Sin embargo, cuando uno despierta de la ensoñación y toma conciencia del límite que ha transgredido, siente una punzada de vergüenza. Algo como lo que nos ocurrió cuando nos dirigíamos al Monasterio de Suso. Condujimos nuestro vehículo por un sendero forestal a lo largo de unos cuantos kilómetros. En la bendita ignorancia de no saber que aquel era un camino restringido, llegamos y preguntamos a un muchacho que estaba de guardia. Por lo visto, estaba prohibido estacionar en aquella zona y hacerlo implicaba una multa de 500 euros. Y es que, evidentemente, toda transgresión implica un castigo. Nosotros no quisimos asumirlo, por lo que volvimos por el mismo camino, eso sí, bajando la ventanilla por la vergüenza y disculpándonos ante los transeúntes por nuestro error garrafal. 

Quizá el precio de transgredir el límite de lo convencional sea cargar con el sambenito de la etiqueta. Como a aquellos pobres diablos que en el siglo XVII eran acusados de brujería por una Inquisición de crueldad inexorable. El sambenito de hoy es una mancha mucho menos misteriosa pero igual de irracional: la impronta de la locura.