Ególatras

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:55

La calle estaba cubierta de una capa de hojas color cobre, emanaba una luz plomiza. Me dirigía a la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Temiendo el momento de encontrar un buen resultado escénico, buscaba la justificación que le daría al plausible éxito. ¿Hay algo más hipócrita y maldito que la voluntad de destacar irremediablemente? Es el arma que lacera las almas de todos los poetas dormidos. Dormidos ante la inmensidad de la existencia humana y la infinitud de individuos. Acababa de marcar territorio con una suave y contundente reprimenda al pobre que me acababa de llevar la contraria. Y es que, por supuesto, existía una razón para hacerlo, pero ante todo un deseo inconfesado de reivindicar mi importancia. 

 

Vivimos en un mundo en el que, desgraciadamente, el conflicto armado entre pueblos no deja de estar vigente. Pero qué papel jugamos nosotros en esa deriva que nos puede resultar tan ajena. ¿Cuál es la línea que separa la responsabilidad individual de la colectiva? Es muy fácil condenar la guerra y la violencia como manifestaciones de una barbarie inexplicable, pero todo se torna más confuso cuando esa destrucción viene causada, en última instancia, por decisiones aparentemente intrascendentes que tomamos en nuestro día a día. 

 

Nuestros pasos retumbaban casi tanto como la tenebrosidad del pasillo. Seguíamos a unos chavales que parecían dirigirse también al aula museo para asistir a la representación de Mono Infinito. En lo oscuro, se es más clarividente. Cuando nadie te observa y no te tienes que mostrar conforme a la pauta. Disfruté de la radicalidad y la contundencia de su interpretación, tanto, que no me dio vergüenza presentarme ante el director y la protagonista, con quienes coincidí, días más tarde, en la cola para ver La Casa de Bernarda Alba. Después de un día entero de trabajo en la escenografía, mi pantalón verde se encontraba casi enteramente impregnado de pintura blanca. Y me quise mostrar así. Quizá como forma de obtener la redención o de dar cuenta de una falsa humildad, quizá por la travesura del desacato. Pero se me figuró que de algún modo, así pecaba menos de dármelas de importante. 

 

Puede que solo se trate de una estrategia de camuflaje, como otras tantas. Pasar desapercibida para que nadie te señale. En cierto sentido, es algo así como ese absurdo con que ciertos autores revisten una realidad que de otro modo resulta dolorosa. No por su disfraz es menos cierto, pero sí menos reconocible. Valle Inclán deformó la realidad con su esperpento (Los cuernos de don Friolera, de la trilogía Martes de Carnaval). Otros, como Carlos Arniches (La señorita de Trevélez), Alfonso Paso (El cadáver del señor García, Al final de la cuerda, ¿Usted puede ser un asesino?) y Jardiel Poncela (Eloísa está debajo de un almendro) se camuflaron de una forma más cómica y disparatada. Y otros, como Brecht, renegaron de toda convención y decidieron evidenciar la crudeza. Esas situaciones extremas que, por su veracidad, se enquistan como puñales deglutidos en la punta de la lengua y se resisten a ser nombrados. 


Camuflo mi prepotencia y mi deseo de destacar, pero también mi vulnerabilidad y mi tristeza. Y mi insatisfacción. Y prolongo el dolor de un trauma transgeneracional que yo no elegí, que heredé, como se heredan las deudas. Y trato de compensarlo con mi mejor sonrisa y esta cada vez me estrangula más. ¿Está el enemigo?, decía Miguel Gila, gestando la película homónima. No sabía que el humor de aquel hombre no era sino una estrategia para canalizar todo el sufrimiento experimentado en tiempos de guerra. Quizá la dirección de este proyecto (Todos eran mis hijos) también sea una forma de resarcir los estragos de una guerra, la enfermedad y la discordia que han marcado, como oculta cicatriz, la historia de mi familia.