Spinoza y los librepensadores

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:28

El mal radical surge cuando los hombres dejan de pensar, cuando aceptan el mundo tal y como es sin cuestionar, sin reflexionar, y se convierten en engranajes de una maquinaria que no entienden pero que perpetúan. Resistir al mal no requiere de heroísmo, sino la simple y a menudo olvidada capacidad de distinguir entre el bien y el mal, de decir “no” cuando el mundo exige obediencia ciega. Este acto de pensar, de juzgar y de actuar, es lo único que nos separa de convertirnos en autores de nuestra propia deshumanización (Hannah Arendt) 

De la escuela de Martin Heidegger, a Hannah Arendt le tocó enfrentarse a la experiencia alienadora del destierro. A ese exilio forzoso por el hecho de ser judía en un momento de la historia en el que los movimientos totalitarios estaban en auge. En particular, debió hacer frente al horror y barbarie nazi que constituyeron amenaza directa para ella, por el simple hecho de pertenecer a una etnia, agravada por la dificultad añadida de ser intelectual y mujer. Muchas son las personalidades que han podido encontrarse en situaciones similares . Ejemplificamos, simplemente por poner nombre: Spinoza, Simone Weil, San Maximiliano Kolbe, Martin Luther King, María Zambrano, Arthur Miller, Elisabeth Miller, Walter Benjamín … 

Todos ellos, a través del arte, el lenguaje o el medio que les es más natural para expresarse, ejercen una resistencia al devenir inconsciente de la sociedad a través de su pensamiento. Porque, como decía Hannah Arendt, la perpetuación del horror incomprensible se produce por la banalización del mal. Por aceptar el mal como herencia y la obediencia como valor premiado socialmente en detrimento del ejercicio del juicio crítico y la libertad de pensamiento. 

Spinoza, en su momento, también fue un exiliado. De origen sefardí (nombre que recibe la tradición judía española), se exilió a Ámsterdam con su familia. Con ello se protegía de una religión opresora que ejercía su poder a través de la intimidación. Transcurría el siglo XVII cuando Spinoza, no a salvo en la aparentemente tolerante Ámsterdam, fue excomulgado de la comunidad judía por sus ideas radicales. Tan solo habían transcurrido 60 años del auto de fe de Logroño (7 y 8 de noviembre de 1610) y las persecuciones por herejía se sucedían de manera independiente en distintos puntos del globo terráqueo (Salem, Zugarramurdi, Centroeuropa…). 

En 1670, Spinoza publica su Teología política, ese texto que rechazaba la religión como estructura de dominación a través del miedo (porque la religión no deja de ser un mecanismo para el ejercicio del poder). Pero tampoco puede decirse que Spinoza fuera un incrédulo. Lo que ocurre es que él no creía en un dios personal, de voluntad arbitraria y capaz de intervenir milagrosamente en el mundo porque es ajeno a él. Su dios era el Dios - Naturaleza, la regla, razón y lógica por la que se rige el cosmos, el orden supremo e inherente al mundo, indivisible respecto de él. Con este planteamiento, no había lugar al libre albedrío y al azar, lo que no significaba que no hubiera libertad. La libertad reside en el conocimiento de la verdad última que es nuestro motor y causa y en una conciencia en paz con nosotros mismos y con el mundo que habitamos. Este valor del libre pensamiento y de la búsqueda de la verdad a través del conocimiento se plasmó en una obra posterior, su Ética, que escondería estratégicamente para que viera la luz después de su muerte, pues era difícilmente asimilable por la sociedad de su tiempo. La fuerza y coherencia de su ejercicio filosófico como forma de vida, a pesar de no haber sido heredado por ninguna escuela, ha calado hondo en la deriva del pensamiento posterior. 

En los ilustrados Voltaire, Rousseau y Diderot las ideas de Spinoza asoman en la recuperación del conocimiento como valor vertebrador de la vida. Y en otros tantos. De hecho, trascendió los límites de la filosofía, siendo enormemente influyente en otras disciplinas como la política (con el desarrollo de la Democracia y la introducción del Estado de Derecho); la psicología cognitiva, el psicoanálisis y la neuropsicología moderna y otras disciplinas científicas. Cuando a Albert Einstein le preguntaron si creía en Dios, dijo que creía en el dios de Spinoza. Ese que es sinónimo de ley natural, belleza y poesía que rige el mundo (panteísmo) y ante la que los sentidos y el intelecto quedan maravillados, como aquella naturaleza cautivadora que  inspiró a románticos como Goethe. Y, probablemente también, a personas como Carl Gustav Jung. Aunque lo he conocido de forma casual gracias a una recomendación de los todopoderosos motores de búsqueda en Internet, en una fase de indagación posterior, e hilando destellos de conocimiento fragmentario que pululaban en mi mente, he descubierto que se trata de una de las figuras clave en la gestación del psicoanálisis y que se le considera fundador de la escuela de psicología analítica (también llamada psicología profunda o de los complejos). 

Él dice que la verdadera libertad y paz interior se alcanzan cuando nos desprendemos de la necesidad de aprobación, validación y aceptación externas. Cuando aprendemos a disfrutar de nuestra soledad porque hemos aprendido a conectar con nuestra verdad, acabando con ese ciclo infinito por el que proyectamos las heridas y necesidades insatisfechas en los demás y en las nuevas situaciones que vivimos. Conectar con nosotros es dejar de relacionarnos desde la carencia para empezar a relacionarnos desde la abundancia, que es el pleno conocimiento de nosotros mismos.

Pero esto exige afrontar primero la dura experiencia del vacío, desprendiéndose del apego inseguro que estaba drenando nuestra energía con personas, actividades y situaciones que no nos satisfacían. Porque la libertad no es hacer lo que queramos (como ya bien propuso Spinoza) sino alinearnos con esa verdad que siempre ha existido en nosotros. En vez de apegarnos, conectaremos con quien esté en sintonía con nuestra verdad fundamental. Nos convertiremos en focos atractores de luz  y artífices de nuestro propio destino. 

 

La pregunta ahora es: ¿Cómo descubrirla?

 

¿Qué papel juega el inconsciente colectivo en nosotros? ¿Cómo conformamos nuestra idea de amor, éxito, prestigio o moral?¿De qué manera podemos desentrañar la verdad oculta que subyace? Por esa cuerda tensa que es la frontera que separa la consciencia de la inconsciencia caminé, cual surrealista como Ernst o Breton, para dilucidar el misterio, recorriendo los laberínticos pasillos del Círculo de Bellas Artes. Me pregunto por qué tanta gente rechaza el arte al que no encuentra un sentido. ¿No es acaso estéril para el progreso aprender una lógica ajena y aprendida?

 

Juan Mayorga, autor de “El Cartógrafo” y profundamente comprometido con desmantelar las conexiones existentes entre cultura y barbarie, recupera esa idea de la banalidad del mal de Hannah Arendt y las zonas grises de Reyes - Mate. Porque la filosofía sólo puede hacerse desde aquella realidad que excede nuestra capacidad de comprensión, desde la experiencia de lo inconcebible, que nos hace cuestionar el sistema de conocimiento por el que explicamos la realidad. “Hay que realizar lo posible para alcanzar lo imposible” (decía Simone Weil). Y es que la diferencia entre lo posible y lo imposible solo radica en esa pregunta que todavía no ha sido formulada o ese paso que todavía no ha sido dado. En el umbral, en el límite, en lo que no se adhiere a las estructuras convencionales, se encuentra la vía para alcanzar un conocimiento más profundo de la realidad y de nosotros mismos. 

 

También decía Galileo que “no puedes enseñar nada a un hombre, pero puedes ayudarle a descubrirlo por sí mismo”, algo tan promulgado por María Montessori a través de su disruptivo método de enseñanza, comprometido con facilitar la autonomía del niño. También decía Ortega y Gasset “Yo soy y mi circunstancia”. El hombre debe ocuparse de su propio ser y para esto debe, no solo conocer, sino asumir su circunstancia y ocuparse de aquello que lo envuelve, porque su circunstancia determina su creencia sobre la verdad y su conducta. 

Seamos niños y descubramos, poniendo al límite nuestra capacidad de comprensión. Yo quiero serlo. Como Max Ernst. Austeras y pulcras paredes contrastan con la exuberancia del edificio en el exterior. Y, de pronto, en medio de la pulcritud, explosionan colores procedentes de universos irracionales, mentes incomprensibles. O por lo menos, incomprendidas por la mía. Tolerancia. Perplejidad.