Oxímoron

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:31

La coincidencia de nombrar Alhelí a un colibrí del imaginario común delante de un ramillete de flores amarillas pero anónimas, que gustan de recibir tal apelativo. Son como la risa que sigue al pesar de pasar por alto la parada, el alivio agridulce de la verdad amarga. El despiste le ocurrió a Amelia, una compañera de teatro, por ser demasiado reflexiva. En corro y aferrados a la barra metálica del metro, la jocosidad general amortiguó la grandeza de un comentario elevado. 

 

¡Qué rápido nos adherimos al éxito ajeno, encumbrados en sus aplausos! Pero con qué agilidad desechamos su recuerdo cuando la muerte sorprende al cuerpo de quien viene. ¿Es sincera nuestra admiración o simplemente alabanza interesada? Amelia se balanceaba colgada de la barra naranja butano y nos divertíamos en cuestionar la fatuidad de su comentario. Y se le pasó la parada, como se había pasado la estación para aquellas flores cuyos pétalos, sépalos y estambres separábamos entre nuestros dedos. Un beso fugaz precedió a este momento íntimo como aquellos bebés mirando absortos en el banco de la iglesia. Asombrados en la curiosidad recíproca de otro, contrastaban sus rasgos comunes en aquella habitualidad rubicunda de Majadahonda. Creo que estos deleites del alma son reflejo de alguna deidad que nos observa desde su trono o el latido inervado de ese Dios que, por presente, es mucho más humano. 

 

Dios humano es un oxímoron, palabra que vino a mis labios en cuanto mi hermana invocó su sentido. Probablemente porque siempre fue una realidad muy mía. La antítesis era la forma natural en que mis palabras se escogían. Por eso no me resulta extraño reconocer la contraposición de ideas. Yo misma soy contradictoria y,  al tiempo, recuerdo a aquellos dos bebés mirándose tiernamente, vislumbro el rostro demacrado de un anciano esquelético que renquea detrás de su andador.  

 

Y es que la Tierra es un lugar de contrastes, de mezcla y de complementariedad, de profundidad y liviandad. 

 

Entré en la iglesia de los Jerónimos, en el corazón de Madrid, de la mano de una buena amiga. Ella se graduó en Estudios Internacionales. Ante la precariedad del empleo y la dificultad para trabajar y vivir de ello, ha relegado su pasión al bello lugar de lo que se hace de forma altruista y desinteresada. Así, acabó formando parte de un movimiento llamado Pietre Vive (Piedras Vivas). Su misión es la de transmitir la espiritualidad a través del arte. Se me quedó grabada su razón de ser: “Piedras Vivas. Las piedras hablan”. 

 

Es difuso el espacio que separa la materia orgánica de la inorgánica. Y es ambiguo porque, en su frontera, está la palabra “vida”. ¡Qué difícil es definir este término! En Roma, paseando una agradable tarde cerca del templo de Agripa, un hombre sorprendió a mi madre con un susto carnavalesco. Era una falsa estatua, un hombre que jugaba a ser escultura. Tan estático como el chico sin piernas que hace malabares en plena Gran Vía, imperturbable y hierático. Voluntariamente o no, él no es piedra que cobra vida, se hace piedra, pasando desapercibido.