Un día en que me encontraba ofuscada, me dio por hacer limpieza para despejarme. Decidí ordenar el armario donde se encontraban amontonados álbumes de fotos, archivos y documentos que marcan los hitos históricos de toda una vida, así como un cúmulo de papeles amarillentos e inservibles entre los que se diluye su valor. Como exploradora en busca de la gema escondida, me dispuse a separar el grano de la paja, y así, entre carpetas correspondientes a cursos formativos que ha acumulado mi madre a lo largo de su carrera en el Ayuntamiento de Madrid, encontré este hermoso poema, que no tiene desperdicio:
MYSELF
Tengo que vivir conmigo misma así que
Quiero ser digna de mí
Quiero aprender a ser capaz según pasan los días
de mirarme siempre a los ojos directamente.
No quiero sustituir la puesta de sol
y odiarme por las cosas que he hecho.
No quiero mantener en una balda de un armario
muchos secretos sobre mí.
Me siento a mí misma, mientras que vengo y voy,
pensando que nadie más conocerá
la clase de persona que realmente soy.
No me quiero vestir a mí misma en una farsa.
Nunca puedo esconderme de mí
Veo aquello que los demás nunca verán.
Conozco aquello que los demás nunca conocerán.
No puedo engañarme así que
Cualquiera que sea lo que quiero ser
Amor propio y libertad de conciencia.
Nikki Mott, Junio 1977
Lo escribe una mujer que está cumpliendo condena perpetua por un delito que cometió cuando tenía 15 años.
Este poema expresa con fuerza el florecer de un individuo tras un período de dolor, tras la exclusión y el desarraigo. Y en ese florecer que es resurgir, hay que mostrar para sanar. Por eso, ayer, en el parque del Oeste, pasando el texto con dos de mis actores predilectos, Iván y Juana (en los papeles de Joe y Kate Keller) tomé conciencia de que mis heridas ya han cicatrizado. Porque no tuve reparo alguno en mostrarlas. Entre lecturas dramatizadas, compartimos confidencias y volví a sentir ese vínculo inquebrantable que suelda las relaciones en la adolescencia y la libertad en el pecho de quien abre las alas para que el viento le lleve lejos, hacia dondequiera que sople. Sueños de romper con todo y marchar a América a labrarse un futuro como actor con una mano delante y la otra detrás, viajar para buscarse a una misma y dar el salto hacia esa aventura solitaria de dirigir los propios pasos. La emancipación y el futuro como centro de una conversación moldeada por nuestro vínculo con el teatro, nuestro sentir como actores y directores de nuestra vida. Porque todos traemos una base que no es posible negar y sobre la que trabajamos para poder mostrar las emociones que deseamos en cada momento, para poder construir personajes y hacerlos creíbles. Para interpretar hay que comprender, al otro y, a través de él, a uno mismo. Pero qué difícil es entender cuando la identidad se desdibuja por efecto de las fuerzas de una sociedad que es menos que la suma de sus partes.
Ya de anochecida, dos coches de policía, el uno visiblemente identificado y el otro oculto bajo apariencia de normalidad, llegan a inspeccionar las transacciones de la mesa de al lado. Los perros corretean a nuestro alrededor mientras los jóvenes son expedientados. Porque la ciudad bulle a nuestro alrededor, con sus luces y sus sombras, con su bien y con su mal. Con el brillo de las navajas y las carreras ilegales transcurriendo en algún solar abandonado. Infinitas posibilidades y sus conexiones remotas, que dibujó Francisco Umbral en Travesía de Madrid y Camilo José Cela en La Colmena, y que Mecano (y tantos otros) hicieron vibrar con la picardía de lo clandestino y la Movida madrileña. Con sus seres enormes y vulnerables, diminutos como hormigas trabajadoras, a los que es tan fácil eliminar como al vaso de aquel hombre sin hogar derribado por el paso apresurado de un muchacho que no miraba por dónde pisaba. Sus monedas se desparramaron por los adoquines de la calle Preciados tratando de mantenerse sobre su canto para no caer.
Al igual que tantos que mantienen un pulso con una ciudad que trata de aplastarlos. Como a los excluidos inmigrantes de Claudio Tolcachir en Los de ahí, que se desplazaban circularmente por el escenario sobre sus ruedas de bicicleta, un tumulto hostil e impersonal les relega a un espacio podrido donde hasta las ratas saben lo que es la marginación. La marginación ocurre en una isla de suciedad, apenas a unos metros del aire que se respira limpio.
Algo similar ocurre en los grandes hospitales de la capital, como ciudades verticales trazadas para mantener a raya a la enfermedad. En un mismo hospital, como es la concertada Fundación Jiménez Díaz, qué grande puede ser la diferencia entre ricos y pobres. Mientras el común de los mortales sólo tiene derecho a que sus extracciones se realicen en la carpa circense por la que la Seguridad Social ha tasado su valor, otros gozan del privilegio de la exclusividad. Amplias cabinas acristaladas, limpias, modernas y confortables frente a las que es posible esperar sentado en un ambiente de calma. La capacidad económica rige la dignidad de trato que merece cada individuo en una especie de darwinismo social.
Qué triste y qué lejana se me antoja esta idea del espíritu protector que grandes urbanistas como Jane Jacobs otorgaban a las ciudades. Ella definió la seguridad como la medida de los ojos puestos sobre la calle, es decir, como el efecto conjunto y potenciado de la visión del individuo, al que no solo se le presupone la denuncia de la injusticia particular, sino un efecto disuasorio frente al deseo de cometerla. Porque la vigilancia atenta previene del sufrimiento indiferente. Esa ciudad que Jacobs concibió en 1961 como organismo vivo (fijándose en Nueva York y en otras metrópolis), no distaba de la visión que Antonio Palacios concibió para Madrid. Más allá del edificio inmediato que diseñaba, el arquitecto de Porriño, formado en la Universidad Politécnica de Madrid, proyectaba la ciudad en un halo de continuidad que mezclaba su realidad presente con la soñada. Y así, a partir de la década de 1920, trazó las líneas maestras por las que nuestra gran urbe entró en la era de la modernidad. Se vació de espacio habitable para albergar una frenética actividad económica. Palacios, en sus primeros años con su socio Juan Otamendi, dotaría a la ciudad de sus primeras casas comerciales (como Casa Palazuelo) y de sus edificios más emblemáticos a lo largo de tres ejes intersecantes: el Palacio de Comunicaciones, el Círculo de Bellas Artes, el Banco Español del Río de la Plata (actual Instituto Cervantes), los desaparecidos Hoteles Florida y Alfonso XIII y otros tantos proyectados pero no materializados (como la Sociedad de Autores). Desde el Madrid histórico del eje Mayor - Alcalá, tendió el puente hacia el Madrid del nuevo siglo, el de los espectáculos con sabor a Broadway del eje Gran Vía y los importantes negocios del eje Prado - Castellana.
Y más allá de la realidad física, extendió sus planes al éter difuso de sus sueños. Es muy probable que muchos lo tildaran de excéntrico y acusaran su genio al consumo de alguna sustancia alucinógena, pues así lo hicieron dos visitantes de la exposición “Madrid Metrópoli. El sueño de Antonio Palacios” al detenerse en los paneles dedicados a sus pretensiones de que Madrid se extendiera allende sus límites físicos. Algo así como cuando sugiero una alternativa escenográfica a mi ayudante de dirección y su respuesta siempre es en negativo. Sin embargo, no debía de estar tan alejado del buen camino cuando el rastro de su creatividad se materializó en notables influencias en el desarrollo urbano posterior. Plaza Elíptica, como redefinición del centro urbano en torno a un óvalo perimetrando la Puerta del Sol; Ciudad Jardín y el desarrollo de Madrid Oeste (antesala del rompedor “Madrid Nuevo Norte”) y una Gran Vía Aérea que desafío los límites de la distancia estableciendo conexiones terrenas entre puntos distantes más allá de lo factible. Él no se dejó doblegar y fusionó rascacielos con puentes volando sobre vaguadas. ¿Extraño teleférico? ¿Madrid Río anticipado?
La ciudad es fuente de inspiración y ruido a partes iguales. Es difícil que el gigante se percate del enano. Y que yo, en la jungla de bestias vestidas de Prada, dé rienda suelta a la libertad que brota de mi alma.