Una filosofía en femenino

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:22

Qué curioso me resulta el devenir del pensamiento. Es viaje errático la mayoría de las veces. No obedece a razón aparente. Y, sin embargo, qué asombrosamente certero en su deriva. Encontrarse cierto fin de semana en una ciudad ajena del norte de España, pongamos que hablo de Logroño. Ser 15 de marzo y cerrar un mes dedicado a ensalzar a la mujer tantas veces relegada (desde el 11 de febrero, Día de la Mujer en la Ciencia hasta el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer). Desconozco los matices de por qué estos días se celebran cuando se celebran, al igual que desconozco por qué esta mañana he decidido escuchar un vídeo que hablaba de la vida y obra de Simone Weil, y otro que definía el contorno y corazón de su figura en relación con otra gran filósofa, María Zambrano, mediando una tragedia griega (“Antígona”, de Sófocles; a la que siguen “Edipo Rey” y “Edipo en Colona”). Tampoco puedo explicar por qué se me ha antojado subirme a la bicicleta estática mientras lo escuchaba. Puede que haya razones que sean superiores a nosotros, porque fueron puestas y no adquiridas. Curioso es también pensar que ambos vídeos los explicaban mujeres, de apellido catalán y distintas generaciones, solo quizá vinculadas por una transmisión generacional del conocimiento. 

En uno de estos vídeos se explica un concepto que me ha llamado poderosamente la atención. El “diálogo infinito” con el que Maurice Blanchot indaga sobre la forma de escritura fragmentaria. Y aunque se alude a Simone Weil como posible exponente de esta escritura que es poética porque íntima, en vez de obra porque pensada para lector, los escritos de la filósofa francesa son de todo menos un cúmulo de fragmentos incoherentes. Más bien componen un mosaico cuyo conjunto es de extraordinaria belleza, porque posee un sentido global. Y esta coherencia parte de la voluntad de permanecer al margen y no ser clasificada bajo las formas del pensamiento de su contemporaneidad. El amor, la desgracia, el desarraigo y la contradicción como experiencias clave de lo indecible. Y es esa incapacidad para decir lo que verdaderamente transforma al ser humano que ejerce la palabra. 

 

Simone Weil escribió una obra muy larga, sin conciencia de que fuera a ser leída. Su vida, por el contrario, fue corta. Murió a los 34 años. Pero es que es que la vida, larga o corta, solo es valiosa si se vive y no se trata de poseer. Solo existe en el acto de hacerla, no como posesión, experiencia pasada o saco de piedras acumuladas. Esta joven filósofa decidió trabajar en dos fábricas entre 1934 y 1935 para vivir la experiencia de la opresión. Lo mismo hizo Arthur Miller en la década de los 40s para no alejarse de la realidad que trataba de reflejar en aquellas obras de corte trágico que le llevaron a la fama (“Todos eran mis hijos”, 1947). También Marie Curie, como pude descubrir en la absorbente exposición de la Casa de las Ciencias de Logroño, no quiso alejarse de la pobreza primigenia de la buhardilla de París en la que vivía en su época de estudiante. Ni tan siquiera cuando el Nobel la elevó a los oropeles de la gloria. Ella siguió trabajando junto a su marido Pierre en ese laboratorio que a mí se me figuraba como el hangar del Edificio C de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Aeronáutica y del Espacio. 

 

Juan Mayorga habla en su libro “Elipses” del proyecto filosófico de Reyes Mate en torno a la experiencia de lo impensable, que nos interpela a través de realidades tan crueles como los campos de exterminio, el horror de una guerra como la Guerra Civil española (1936 - 1939) o la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), conflictos injustificables ambos, pero nexos de unión de las dos grandes pensadoras en femenino con las que comenzamos. Vida y pensamiento en Weil y Zambrano aspiraban a ser una sola cosa, tal y como podría bien haber dicho Ortega y Gasset, maestro de la española. Tratar de expresar lo que no puede expresarse siempre degrada su cariz transformador. Sin embargo, su vivencia, renueva e impulsa, confiriendo certeza. Quizá por eso la escritura de Weil sea acto interno. No voluntad de expresar sino mecanismo mismo por el que se piensa. Su pensamiento es vivencia. Ella vivió la guerra y, como tal, el horror. Y por eso exalta el amor como rechazo del sistema adquirido por el que los seres humanos perpetúan el odio. El amor como pensamiento de lo imposible, porque lo imposible son aquellas posibilidades que todavía no han llegado a suceder

 

Como la irreverencia de Antígona al desafiar el mandato de la autoridad. Como el Radio, elemento hasta entonces desconocido, que aislaron Pierre y Marie Curie (no reproduzco su apellido de soltera por dificultad para retener tanta consonante), antesala de aquellas “tierras raras” que sintetizarían Frèderic Joliot e Irène Joliot-Curie. Elementos insólitos, extraños y anodinos, radiactivos y transformadores, que permitirían, con el desarrollo de la tecnología, ver más allá de lo que el ojo aprecia, fundamento del diagnóstico por imagen ¿No es acaso esto como la experiencia del amor, que permite ver más allá de lo que la ley impone?