¿Qué es la ficción sino una imagen de la realidad construida por quien la elabora? Algunas veces la imagen es fiel y otras está ligeramente distorsionada. Es el caso de los mitos que copan los rincones de nuestro imaginario. Nunca he sido una persona especialmente interesada en la mitología griega, puesto que me suelo sentir atraída por las realidades con las que puedo conectar a través de la experiencia. Y en el colegio, primer contacto que yo tuve con este universo de sucesos imposibles, cada historia que yo escuchaba se me antojaba una sarta absurda de acontecimientos que no tenían nada que ver con la realidad que yo vivía.
Para mi sorpresa, el camino de la vida, con sus particulares derroteros, me ha traído hasta aquí, hasta el teatro, hermoso lugar en que habito y que se ha convertido en mi pasión. En este lugar, ya no es remota la conexión de mi vida con la mitología clásica, sino que mi punto de conexión con ella ha pasado a ocupar un lugar central y más que evidente.
Es por eso que ahora estoy mucho más receptiva a todo lo que me recuerde a Grecia. A principio de esta semana, al terminar el ensayo, bajaba con mis compañeros de Dédalo por las escaleras que conducen de la Escuela al metro. Y, de repente, uno de ellos grita, habiendo atisbado un rostro reconocido en el horizonte. ¡¡¡Teseo!!! – que era el nombre del muchacho. Otra compañera, que es filóloga, sonriendo para sí, dice: – anda, Teseo, como la leyenda de Teseo y el Minotauro. Lo cierto es que el muchacho me recordaba, en sus rasgos algo embrutecidos por un exceso de deporte, al cuerpo de un toro musculoso de buena crianza, pero dejé pasar el pensamiento y lo catalogué como juicio demasiado atrevido. Mi cabeza, alertada por esta señal de mito a la vista, decide indagar en aquella historia, si bien no en aquel momento.
Teseo y Sergio, el compañero que lo había llamado, emprenden una descorazonadora conversación acerca del tiempo que desperdician en el transporte público, recurso cuyo consumo supone un alto coste en sus fatigosas vidas de estudiante. Y el resto del grupo, escuchábamos, como suele hacerse en estos casos, interesados por una presencia novedosa, acoplados a la conversación cuales antenas parabólicas. Actualizadas las hazañas de los contertulios, llega el momento de separarse. Como acto casi ritual invitamos a Teseo a unirse al grupo de teatro de cara al próximo curso. Pero Teseo rechaza nuestro ofrecimiento y se aleja solitario, como Asterión. En la tradición mitológica el minotauro no solo es verdugo monstruoso sino víctima, en su soledad, de los actos ilícitos de los que otros son responsables.
Con esta visión en la retina, durante el trayecto, leo un artículo de National Geographic acerca del consabido mito. El rey Minos de Creta había encerrado a Asterión, el minotauro, criatura monstruosa mitad hombre mitad toro fruto de la unión ilegítima entre Pasifae, su esposa, y un toro blanco nacido de la espuma del mar, bajo la maldición de Poseidón, pues Minas no había querido entregarle al toro blanco en sacrificio. La unión se pudo producir gracias al artilugio diseñado por Dédalo, arquitecto real, que permitía a Pasifae hacerse pasar por vaca. A medida que Asterión crecía, la monstruosa criatura estaba empezando a desarrollar gustos un tanto inquietantes, como devorar carne humana, por lo que Minas decide encerrarlo en un laberinto, haciendo de tripas corazón y encargando su diseño a Dédalo. Por causa de la victoria de Creta en la guerra contra Atenas que Minas declara cuando su hijo Androgeo muere asesinado mientras participaba en una competición deportiva en la polis de Atenas, esta es condenada a pagar con la entrega de 7 muchachos y 7 muchachas en sacrificio. Teseo, hijo del rey Egeo de Atenas, decide acabar con esta subyugación, disponiéndose a matar al Minotauro. Lo hará con la ayuda del ovillo que le entrega Ariadna, hija de Minas, pero enamorada de Teseo. Una vez vence a Asterión, Teseo puede escapar del laberinto siguiendo el hilo que había ido desenredando mientras se adentraba en sus sinuosas galerías.
Existe un juego que solemos hacer en las jornadas de bienvenida al grupo de teatro, para que las nuevas incorporaciones cojan confianza. Se llama “banny, banny”, lo jugamos en corro, y consiste en pasarse el turno utilizando una combinación de gestos y palabras clave. La consigna empieza por ser sencilla pero progresivamente se van añadiendo nuevas reglas que hacen verdaderamente laberíntica la experiencia. Es el particular laberinto que nosotros, herederos de Dédalo, aquel arquitecto real, hemos diseñado para cautivar y atrapar para siempre a quienes sienten el gusanillo del teatro.
Creo que Teseo se vio tentado por este gusanillo, pero su alma probablemente albergara todavía el recuerdo remoto de haber salido ya del laberinto. Por eso, conocedor de lo difícil que resulta salir, no quiso correr el riesgo de volver a entrar. Y así, siguiendo el sentido trazado por aquel hilo que venía desenrollando ancestralmente desde Ariadna, se alejó de nosotros y se perdió en la distancia.