Topónimos

Publicado el 19 de marzo de 2026, 19:08

A mi suegro le encanta hacer mapas mudos. Es un ejercicio escolar que se acabó convirtiendo en una de sus grandes pasiones. Físicos o políticos, los mapas permiten volver a ese lugar de infancia en el que la memoria empezaba a educarse en vinculación con el con el territorio. A través de los topónimos, palabras con que llenamos el papel de países y accidentes geográficos, conectamos con lugares que jamás pisamos. Y lo más importante de todo, les ponemos nombre. 

 

Hoy vengo a presentaros a una mujer extraordinaria que he conocido hace poco tiempo. Y extraordinariamente atípica también. Su cabeza bulle en pensamientos fosforitos. Le cuesta distinguir lo próximo de lo lejano en términos relacionales. Es imaginativa y profundamente leal con cada mirada cómplice. Tiene deseos de amistades feudales, bendecidas por el honor y la gloria de una causa. Su frente ancha potencia el efecto intelectual de sus enormes gafas y su postura sugiere cierta torpeza motriz. Tan incesante es el flujo de información que transita por su mente hiperactiva que, a poco que encuentre un espacio de escucha, dará rienda suelta a sus palabras sin frenos. Se ha dedicado siempre a la enseñanza. Supo encauzar su increíble memoria visual para convertirse en profesora de pintura, funcionaria para más inri. Culta y elevada, reúne aquellos requisitos indefinidos que hacen parecer a una persona extravagante. Pero, lo más característico de ella, es esa facilidad suya por verse involucrada en un conflicto. Esta prefesora acaba de incorporarse a una escuela de teatro, prolongación natural de sus gustos y de su geografía. Enemistada con las asistentes al grupo de teatro del centro cultural de su barrio, tuvo que buscar una alternativa. Y como ahora las distancias se miden en tiempos de transporte, resultó que halló una opción más que satisfactoria a unos 25 minutos de su hogar. Allí conoció a dos compañeras, Susana y su tocaya. Extrañamente y por casualidad, ellas también viven en sendas paradas de la misma línea de metro, por lo que siempre emprenden el camino de vuelta a casa en feliz armonía y compaña. Es decir, no solo comparten el lugar se su afición, sino también parte de su geografía más personal, lo que ha ido fortaleciendo su vínculo en el tiempo y el espacio. 



En alguna improvisación reciente hemos trabajado con personajes parlanchines y suplicantes y otros más callados y ensimismados. Sus diferentes naturalezas han chocado, dando lugar a un conflicto. Porque, la verdad sea dicha, es mucho más interesante mostrarse hostil y reticente en escena que excesivamente accesible. A los seres humanos nos gusta la gresca. Y entiéndase que esta sed de pelea y drama, no se circunscribe únicamente al ámbito teatral, transgrede sus límites y aflora en las situaciones más cotidianas. 

 

Una tarde que las tres mujeres de nuestro relato regresaban de su clase de teatro, aconteció lo siguiente. Se encontraban en el vagón, comentando que algún ejercicio había sido más complicado que otro. En uno de ellos, nuestra protagonista había relatado con pelos y señales la semana tan convulsa que había tenido, la intríngulis del conflicto que la había movido abandonar la escuela de teatro de su barrio. Revivía por enésima vez sus peripecias cuando un individuo de trazas laxas y pacíficas se sentó a su lado. Hay cierta predisposición natural en los viajeros del transporte público para captar conversaciones ajenas (a menudo nos comportamos como radares de situaciones interesantes). Lo que no es tan común es incorporarse a ellas. 

 

– Si ese hombre le molesta, ignorarlo es lo mejor que puede hacer. 

 

Con aquella intervención tan inesperada, las dos compañeras estallaron en una carcajada. La sinceridad y espontaneidad de aquel hombre las desarmaron por completo. Reconoció lo mucho que estaba disfrutando con aquel relato dantesco. Dijo que su vida y sus viajes en metro, habitualmente, eran mucho más ordinarios y aburridos. Su simpatía derribó nuestras defensas, y nos vimos envueltas en una conversación de lo más animada con aquel desconocido. 

 

Decía Arthur Miller que: "el teatro es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma". Y es cierto. Además, no solo porque, como aquel hombre, seamos espectadores en busca de conflictos, sino porque esta historia sin nombre que os acabo de presentar pertenece a mi propia geografía. Soy una de las dos compañeras que aquel día disfrutaron de las cómicas aventuras de nuestra querida María.