La fatídica hora de la soledad.
Esa en que me siento frente a la pantalla y no veo letras sino obsesiones. Pensamientos recurrentes que roban mi atención y me condenan a un día a día cruelmente rutinario.
Esa en que mi cuerpo se hincha de ansiedades y desea gritar, correr, destrozar en un acto arrebatado de vandalismo alguna señal de tráfico y escapar ante la mirada atenta de quienes no pueden hacer nada para evitarlo.
Esa en que me siento profundamente desdichada y arrancada del cupo de los soñadores felices.
Esa en que desgracias improbables atiborran mi imaginación, siempre abocadas a una muerte prematura.
Esa en que me visualizo enferma e incurable, rodeada de gente sufridora de mi mal estado.
La verdad es sencilla.
Habitualmente paso mis ratos libres en compañía de mis padres. Me aburre. Y, en mi hastío, sueño lujuriosamente con un novio tierno y halagador. Tras media hora de dulce enamoramiento, caricias sensuales y miradas cómplices, el perfil de su cuerpo se desdibuja. Su voz y sus palabras quedas y rumorosas se alejan como un tren de la estación vacía. Es sábado. Paseo por Conde de Peñalver con la pesadumbre de a quien le quedan pocos días de existencia. La gente se ríe a mi alrededor y a mí me duele como si se burlaran. Mi madre mira escaparates y yo siento que se recrea en mi miseria. Mi padre tiene el gesto de siempre. Serio, con las comisuras de los labios apuntando hacia abajo y las cuencas de los ojos visiblemente ojerosas. Me duele como si volcara sobre mí el peso de su resignación muda y aquietada.
Me duele vivir porque la vida no es como yo querría. Quisiera tener muchos amigos, muchos. Y que todo el mundo, expectante, celebrara mi llegada a la fiesta. Quisiera ser esa chica que deslumbra cuando sale a cantar al centro del escenario. Centro de todas las miradas de admiración y no periferia de indiferencia, como palabras que quedan flotando a la deriva impronunciables. Quisiera besar unos labios que me quisieran. Quisiera ser libre y, para mí, la libertad es salir de excursión a la montaña un día de primavera o de verano. Quisiera tener la fuerza para contar historias y no masticar estérilmente la mía hasta que me sangran las encías. Quisiera no oler jamás el aroma de la discusión. Quisiera sentirme valiosa a ojos de los demás. Quisiera irradiar alegría con mi sonrisa y sonreír con la mirada. Quisiera ser feliz y que la felicidad me durase.
Mi verdad es complicada.
Cada vez que pienso así, y no son pocas las veces que lo pienso, una soga me asfixia, anudada a mi cuello. La cabeza se me embota y me empieza a costar respirar. La muerte está siempre presente en mis pensamientos. Tristeza y muerte van de la mano. No hay tristeza más grande que la de no querer seguir viviendo. Y es que la vida promete ser incomparablemente hermosa cuando la miro en los brotes de una flor. Por eso me angustia tanto estar viva y no gozar de esa belleza. No vibrar con la pasión de vivir y desear morir. No creo que sea un deseo real, sino más bien una llamada de atención de mi subconsciente.
Pero, ¿por qué? Pues porque, como humanos, solo reaccionamos cuando ayudar resulta sencillo y satisfactorio, nos reporta algún beneficio inconfesable o el peligro amenaza con ser inminente o irremediable. Es costoso acceder a la ayuda de los demás por las dos primeras vías. Si ya me es complicado a mí entender mis problemas, ¿cómo voy a lograr que los demás los entiendan? Tampoco puedo prometer un beneficio carnal o metafísico. La belleza con la que nací apenas me llega para llenar un frasco, ¿cómo voy a venderla? El resto de dones que tengo son muchos más difíciles de mostrar. A veces, hasta a mí me cuesta verlos. Por tanto, la única forma plausible de captar la atención ajena es que una catástrofe insoportable y desgarradora se cierna sobre mí. Es bochornoso, lamentable, vomitivo e inmisericorde por mi parte desear el mal que a otros tantos les hace agachar la cerviz. Y quizá también por eso una señal de alarma, de que he tocado fondo.
Cada día, cuando me despierto, un gusanillo invasivo aumenta gradualmente los latidos de mi corazón hasta que mi mente se ve obligada a concentrarse en su intensidad. Repentinamente, su frecuencia aumenta en escalón, un impulso súbito eleva sus valores medios y me obliga a resistir sus embistes. En incontables ocasiones, temo perder el control de mi cuerpo. Pero lo que más me intimida es el tiempo que derrocho subyugada por una idea que, en contra de mi voluntad, se repite incesantemente. Es la obsesión, imperturbable y trágica, ignominiosa, dolorosa, mi problema vital.
Esta es mi verdad: la triste cinta de vídeo que rebobina en mi mente sin parar.