Una conciencia de partes

Publicado el 19 de marzo de 2026, 19:30

Conocí al Doctor Bessel Van der Kolk una mañana de búsqueda errante a través de la web. La idea que proponía era sencilla: nuestra identidad no es única y monolítica, sino que está integrada por distintas partes que luchan y se enfrentan entre sí. En ese espacio indefinido que es la conciencia, esas partes compiten por un espacio. Al final, se impondrá la que consiga vencer las presiones del resto, ya sea por el ejercicio de la fuerza o la persuasión. Recordé que en teatro habíamos jugado alguna vez a traer a primer plano voces enterradas, versiones poco aclamadas de nosotros mismos que por una razón o por otra hemos acabado abandonando en un rincón. El juego consistía en identificar un estado emocional y expresarlo, porque en la medida en que salen a la superficie, se desplazan dando pie al ascenso de otros estados subrepticios que permanecían ocultos por el primero. Así, en la medida en que nos conectamos con nuestros múltiples estados emocionales, estamos más preparados como actores y tenemos más disponibles las emociones como herramienta de trabajo. 

Hace poco que he empezado a dirigir una obra, con la certeza de que soy demasiado ignorante para hacerlo, pero con el deseo impetuoso de aprender y quizá también de hacer algo hermoso. Una tarde en el metro, volviendo de la universidad, un compañero de mi grupo de teatro me comentó que su banda de música favorita, 21 pilots, había tomado prestado su nombre de una de las obras de un tal Arthur Miller, autor norteamericano que yo desconocía por el momento. La obra era “Todos eran mis hijos”, estrenada en Broadway allá por finales de los años 40. 

Resulta también que hacía tiempo yo había empezado a escribir algo con la vaga intención de que se convirtiera en una novela de voces yuxtapuestas. Trataba de un niño que, como no encajaba en clase y no tenía demasiados amigos, se los inventaba (he de decir que no me era en absoluto extraña esta circunstancia, por lo que me había acostumbrado a abstraerme y vivir ajena a la realidad). Inicialmente, los amigos de mi protagonista eran dos, el bueno y el malo. El chico, aparentemente, tenía una vida tranquila y normal; no había nada que hiciera sospechar la cruda batalla que se libraba en su interior. Pero en lo más profundo de su mente, aquellas voces se las gastaban arrojándose afilados cuchillos. Esta imagen me obsesionó durante algún tiempo, hasta que quedó relegada en la estantería como aquellos peluches de la infancia con los que ya se ha jugado demasiado. 

Sin embargo, me alegro de no haberme deshecho de ella por completo. En mi nueva aventura como directora la cogí de la estantería y le quité el exceso de polvo que se le había ido acumulando con los años. El modelo de este niño azorado por las exigencias de sus dos amigos imaginarios me es ahora asombrosamente útil. Solo que, en el complejo escenario que dibuja Arthur Miller, es un modelo a todas luces insuficiente. Porque en el diálogo interno de cada personaje son muchas las tribulaciones que reclaman la atención. En esta obra, todos los personajes se enfrentan al fantasma de la culpabilidad desde tantos ángulos y tantas consideraciones que su conflicto interno se parece más a una carpa de circo izada por multitud de cuerdas tirantes que se disputan su carga.

Yo, no es que sea supersticiosa, pero sí me dejo conquistar a menudo por la poesía de aquellas casualidades que se presentan en nuestro camino como señales. Jugar a dirigir una obra de estas características no es una empresa nada fácil y raro es el día en el que no hay que conciliar fuerzas opuestas que entran en conflicto. Una de las últimas ha sido tener que sustituir a una de las protagonistas porque ha obtenido un buen trabajo, uno de estos trenes que solo pasan una vez en la vida. El personaje que representaba era la madre de la familia, la piedra angular sobre la que se construye toda la trama. Llena de matices y ambigüedades, podemos resumir sus dilemas en dos grandes partes. La negacionista y arrebatada, dominada por la irracionalidad, y la pragmática, ejemplo de análisis frío y cabal. A la chica que había escogido le resultaba mucho más natural la primera de las partes. 

En esta obra, estoy tratando de incluir como recurso escénico un juego de sombras para sugerir presencias y realidades simultáneas. Tal era mi desesperación el otro día, que me estaba figurando si no hacer que este personaje (insisto, crucial en la trama de la historia) fuera de modo deliberado una sombra, sin intervención verbal. 

Mi imaginación ya estaba rayana en la locura cuando la salvación tocó a la puerta. Una muchacha llegó preguntando por la posibilidad de hacer teatro este cuatrimestre. Estudiaba filología y estudios literarios y tenía una mirada que evocaba reflexión, paciencia y análisis. Todo el comedimiento que le faltaba a la actriz que se acababa de marchar, su complementaria. Esa parte que, sin yo saberlo, completaba su realidad. 

El teatro es un verdadero laboratorio de emociones y conceptos psicológicos. Como los personajes de “Todos eran mis hijos” y el niño con quien dibujé aquella suerte de novela, en mí coexisten muchas partes. Pero lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones, tengo la sensación de que se suceden de manera cronológica y es una la que acaba imponiéndose sobre las demás, obligándoles a irse, como caballos de carreras arengados por el látigo de la amenaza. A esa parte pongámosla el nombre de perfeccionismo desajustado. La secuencia suele ser la siguiente: 

 

Chica, disfruta de la vida, la vida es bella, la vida es breve – Dice mi versión disfrutona y soñadora. – Es el momento de entregarte al arte, a la aventura de dejarte cautivar por los sentidos. Sigue la senda que marca tu tacto, los aromas que reconoce tu olfato – Brota en mí esa parte sensible que desconecta los cables de la racionalidad. 

Muchacha, no te ofendas, pero debes trabajar. ¿Acaso no está lleno el mundo de gente sensible que debe doblar el lomo para llevar el pan a casa, de mentes y corazones capaces que deben mancharse las manos y sudar para satisfacer su necesidad básica de alimentarse? No escuches a tus sueños, son hermosos pero poco realistas. Trabaja. “Labor Omnia Vincit”. Sal de la senda boscosa y vuelve al camino principal, es allí donde se encuentra el mundo, la realidad – Esta voz es más reflexiva, cuestionadora y previsora. Es una especie de agente moral que viene a corregirme si me desvío de la pauta, de la ética por la que me debería regir. 

El problema es que una vez se entra en la dinámica de conseguir, es difícil renunciar a hacerlo. Y así aparece otra voz: – Y no solo trabajar, debes dar lo máximo de ti. Tú, que puedes llegar alto. Tú, que puedes alcanzar las cumbres del éxito, no te conformes con menos. Lo realmente bello será llegar a la cima. Es allí donde te sentirás verdaderamente realizada. – Esta es la parte ambiciosa, que por gajes del oficio, es la más seductora de todas. Porque a todos nos gusta sentirnos importantes. Y es tan eficaz porque se ha especializado en decirme aquello que quiero oír. Pero poco después se marchita, deja de seducir, le brota nariz y verruga de bruja y sus manos se inervan, como raíz que crece en zona pantanosa. Su armonía se desajusta hasta convertirse en fealdad desapacible. Y comienza a gritar: – ¡No es lo suficientemente bueno, niña! ¿Acaso crees que así llegarás a alguna parte? Debes esforzarte más, estruja tus recursos, revisa, no toleres el error. El error es de cobardes, de almas débiles que se rindieron antes de llegar a la meta. ¿Por qué mediocre si puede ser extraordinario?

Y en la amenaza que articula esta voz, ese espíritu incómodo que es el error, poco a poco se transforma en monstruo ignominioso. Despierta mi temor y mi impulso de huir. Así llega la parte que evita, que exclama, suplica: – ¡Huye!