Veneno que cura, veneno que mata

Publicado el 19 de marzo de 2026, 19:29

Ahora, es de noche y hay un aura misteriosa que inunda el aire. Vuelvo en autobús, no llueve. En el horizonte se vislumbran pequeñas luciérnagas que simpatizan con la medida timidez de las luces del vehículo. Curiosa sensación de soledad, un abrazo cálido y reconfortante. En otras ocasiones, la soledad ha podido conmigo. Me ha aprisionado como un látigo que se cerniera sobre mis vías respiratorias. Sin embargo, hoy, su presión es distinta. Ahora que marcho y me despido de quien me hace sentir en casa, debo lidiar con esta vieja amiga. Por insistente, ha logrado que la aprecie. Al fin y al cabo, la soledad es plena compañía de uno mismo. Es esta soledad un espacio para la meditación y para poner palabras a todas aquellas sensaciones, agradables y desagradables, que me distraen constantemente. Para combatir con la conciencia lo irrefrenable del inconsciente. Y para ser, simplemente, sin injerencias externas de ningún tipo.

"Veneno que cura, veneno que mata". Este es el título de la exposición que hemos disfrutado junto al Ebro. Hablaba de las bondades y peligros de plantas, animales, hongos y minerales cuando son utilizadas como veneno o medicamento. Y es que todo héroe tiene su verdugo. Y si la soledad un día fue veneno, se ha acabado convirtiendo en una especie de fertilizante de mi crecimiento interior. 

Siempre me gustó viajar, pero me ha costado terriblemente aceptar que el tiempo es limitado, que un paso debe darse detrás de otro y que no hay por qué llegar a todos los rincones del mundo. Me sentía avariciosa cuando lloraba por no poder aprehenderlo todo (en su sentido literal de "asir", pues los segundos se me escurrían de las manos), por tener que renunciar. Era este un pensamiento habitual, fuente de injustificable tristeza. Injustificable, porque la vida está plagada de renuncias. No hay día en que no deba tomar una decisión. Y decidir implica renunciar. Es ese el problema que subsiste de fondo. Por mi incapacidad de renunciar, he evitado a toda costa decidir. Y ahora toda decisión, aunque nimia, se me hace una montaña. Nota para el espectador (¿que soy yo?). En estas cavilaciones han influido notablemente varios gigantes y una montaña. Como en "Los gigantes de la montaña", de Luigi Pirandello, los dramaturgos iban al monte en busca de quienes vivían faustos e incólumes, yo he venido a la sierra riojana y su Valle de la Lengua. Aquí esperaba encontrar la rica historia del origen del castellano. Y en su defecto, he encontrado una historia pobre y sencilla (apenas 30 minutos de duración) que, con el tiempo, se ha erigido en noble patrimonio.

El monasterio de Suso fue construido a la muerte de San Millán, un centenario ermitaño del siglo V que había dejado su oficio de pastor para dedicar su vida a orar en las montañas. Su carisma atrajo a muchos y, así, fundó la primera comunidad monástica de un territorio que transitaba entre la Hispania romana y los feudos medievales que darían lugar al reino de Pamplona - Nájera. La comunidad, que comenzó viviendo en las cuevas, con los años se edificó un monasterio anexo. Más adelante, con el aumento de poder de las órdenes religiosas, se vieron obligados a adherirse a la orden que regentaba el monasterio de la parte baja del valle. Este monasterio, el de Yuso, de práctica benedictina, es el lugar donde aparecieron los primeros textos breves en castellano y vascuence ("las glosas emilianenses").

Qué hermoso que un idioma tan mundialmente hablado tenga un origen tan insignificante. Un testigo remoto en una montaña perdida, donde no hay muchas más posibilidades más allá de uno mismo. Quizá es que las respuestas a las preguntas del viajante residan en su propio corazón, que la renuncia como camino le conduzca a la consecución de la verdad. 

Otra leyenda diferente, sobre el monasterio de Santa María la Real de Nájera, atribuye su fundación a la aparición de la Virgen al rey Don García, en el siglo XI. Ocurrió en una cueva del mismo valle, aislada, por su particular montaña, del monasterio anterior. Un suceso mágico y singular, asimilable al primero por la presencia de una cueva y su naturaleza legendaria. 

¿Qué querrá decirme? ¿Acaso toda persona, por muy acompañada que esté, no debe retornar a sí misma para encontrar su propia alma?