Una mujer me sorprende en la parada del autobús. Llovía a cántaros. Se dirige a mí y me hace un comentario acerca de nuestra valentía por estar en la calle a esas horas. Me sobresalté porque, normalmente, no solemos hablar con desconocidos.
Puede que aquella mujer fuese especialmente habladora y aprovechase la mínima coyuntura para descargar su exceso de palabras. O puede que existiera algún desencadenante o precipitador de su acción. Debajo de aquella marquesina, con lo fuerte que caía la lluvia, y el intenso viento que sacudía las ropas, era difícil concentrarse en el que suele ser el pasatiempo habitual en estas lides: que nuestros sesos sean absorbidos por la luminiscencia de una pantalla. En realidad era difícil cualquier tarea que no fuera intentar protegerse, e incluso esto era harto complicado. ¿Por qué entonces me habló aquella mujer con ese desparpajo?
Era Semana Santa y mi novio y yo viajamos a Huelva, con un grupo de amigos, a hacer misión como voluntarios de un programa que busca revivir los pequeños y hermosos pueblos de la España vaciada. En concreto, a Linares de la Sierra, una pedanía bajo la jurisdicción de Aracena, pueblo que da nombre a la sierra en que se encuentra, Sierra de Aracena. Uno, cuando piensa en estos territorios, se figura que son pueblos blancos y hermosos, pero secos y estériles, golpeados por un sol de justicia. Aunque esto pueda ser cierto la mayor parte de la temporada, nada más lejos de la realidad en aquella semana de finales de marzo. La tormenta arreciaba mientras el coche serpenteaba por las sinuosas carreteras de montaña. Y entonces, de repente, nos adentramos en un mundo insospechadamente verde y frondoso, lleno de vegetación. Llovía tanto, que la situación se asemejaba a la escena de “Ocho apellidos vascos” en la que Dani Rovira entra en territorio vascuence al atravesar su autobús un largo túnel, solo que no entrábamos en el intempestivo País Vasco, sino en un paraje remoto de Andalucía. Habíamos ido a Linares a acompañar a un pueblo en un acontecimiento tan importante y simbólico como es la Semana Santa para que lo celebraran con la alegría y alborozo de antaño. Porque, tristemente, el éxodo rural había hecho estragos y ya eran pocos los ojos que solían ver los pasos procesionar.
Eso era lo que habíamos ido a hacer, pero, como consecuencia de la tormenta, nuestra misión adquirió una deriva inesperada. Dada la imposibilidad de pasar tiempo en exteriores, nos refugiamos en la sala de reuniones municipal, un espacio que, según nos comentaron los vecinos, tan pronto se convertía en bar como en taller de punto. Allí, puesto que no se podía hacer otra cosa, nos invitaron a participar de una tradición centenaria: la elaboración del piñonate. Este es un dulce típico que se elabora dando forma con las manos a una masa de harina, agua, miel de caña y almendras, que después es horneada durante largas horas. Su forma redonda e imperfecta, con un óculo en el centro, contrasta con las largas mesas ante las que se disponen todas las generaciones de mujeres del pueblo, desde las niñas pequeñas hasta las ancianas más viejitas. Y así, con las manos en la masa, pegajosas y pringadas, aquella disposición de las mesas, en la que te encontrabas inevitablemente frente a otro rostro, nos empujó a charlar, a compartir historias y antiguas anécdotas que configuraban una fotografía viva y dinámica de aquel pueblo.
Cierto es que no pudimos fotografiar los pasos y que todos nuestros planes se vieron frustrados. Pero, de manera completamente inesperada, alrededor de las mesas, asistimos al espectáculo de los piñonates que se tostaban en la leña para nutrir de palabras futuras reuniones.
La lluvia, fuerza de la naturaleza, capaz de amansar a las fieras, rito de antigua sabiduría y veneración, se las ingenió para protegernos de la intemperie. Enjugó nuestras tristezas y condujo nuestras hacendosas manos a la masa bien dispuestas. Y ocupadas las manos, nuestras lenguas hablaron, felices de aquel inesperado don: la conversación.