Esperaba en la puerta del Retiro, recogiendo nerviosamente mi abrigo y asustada por su precocidad tardía. Nunca había salido con nadie, sin embargo, me había lanzado con aquel chico. Cuando en la discoteca me pisaron sus pasos torpes, que no querían separarse de mis tacones inexpertos, quise adivinar una especie de oportunidad. La intuía, como se intuyen los secretos que se susurran a voces, porque era una obviedad. Y en casa le escribí si había llegado bien. Y quedamos para el sábado siguiente. En línea con los mensajes que nos mandábamos, fantaseaba con charlar, como charlan los poetas que se dejan en casa la pluma.
El encuentro fue algo atropellado, poco romántico y casi culpable diría. Porque, sin cargar con el peso de un compromiso previo, sentía que estaba traicionando mi inocencia. El coqueteo no era para mí una habilidad innata y en aquella primera cita procedí según lo aprendido de las películas americanas. Pero la ingenuidad cinematográfica, de plástico naíf y artificial, pronto se volvió más ibérica y castiza. La caja de cigarrillos reposaba sobre la mesa y en las amplias estancias de la casa se respiraba olor a cerrado. El ambiente lóbrego y triste prendió mi imaginación de una violenta llama, siniestramente azuzada por un soplador antiguo. El chico paró de besarme y se quedó muy serio frente a mí. Me dijo que me diera la vuelta y que no me asustara. Ante mis ojos apareció una cabeza de toro, con su asta bien grande, amenazante pero muerto. Después me condujo al salón y despertó un deseo nunca palpado y muchas veces imaginado. La escena adquirió un tinte surrealista, como el encuentro entre la muchacha y el rancio hombrecillo corrupto por la muerte de “El Perro andaluz” de Luis Buñuel y Salvador Dalí.
Pero la ilusión se truncó, como casi siempre, no por mí culpa, sino por la suya; no por mi falta de valía, sino por su estupidez. Pero el caso es que terminó, de buenas a primeras. Porque él no lo veía claro. Y yo me desnudé, como lo había hecho en su casa, y le dije lo doloroso que era para mí que me rechazaran, que me acababan de despedir, que tenía miedo de un nuevo rechazo. Pero mi expresión sólo sirvió para vaciar mi rabia. Lo que estaba abocado a extinguirse se extinguió.
El fantasma del dolor físico me había postrado aquella última semana del año en la cama. Sentía un fuerte dolor de encías, agudo e intenso, propiciado por una hinchazón sangrante. Una gingivoestomatitis provocada por una primoinfección por el virus herpes. Fue como si en aquella condición extraña se condensara el dolor somático de mi alma. Tuve que esperar a ver a Pablo, que dulce y tierno, me entretuvo con una primera videollamada en la que imitó a Joaquín, el del Betis.
Pablo estaba exhausto, corrió lo que yo no corrí. Vestía atuendo de corredor, maillot verde y dorsal en la espalda y sudaba mares de sal por sus rincones más recónditos. Soñaba con una llegada apoteósica. Se sentía en estado de flotación, suspendido en un colchón viscoelástico de euforia colectiva. Habíamos contactado a través de una aplicación. Tenía sed. Centrarse en la respiración le ayudaba a calmarse. El objetivo estaba más cerca. Era su primera San Silvestre Vallecana. Su motivación no era otra que la de afrontar un nuevo reto. Y comenzar una nueva etapa, dejando atrás dolores pasados. Un aroma a castañas asadas embargaba el aire mientras lo esperaba, de espaldas al Corte Inglés. Un primer beso en la frente y en medio de un paso de peatones me pilló totalmente desprevenida.