Sesión de peluquería

Publicado el 19 de marzo de 2026, 19:08

Para las personas atribuladas es sencillo revestirse de un humor inteligente. Simplemente hay que fingir, reírse de todo lo que le duele a una y desprenderse de lo que sobra. Las peluqueras suelen ser maestras en este arte. Entre chascarrillos y cortando de paso algún que otro dedo de la melena, a una la dejan como nueva. 

Era lunes por la tarde, la semana había comenzado fatídicamente y llevaba muchas horas autocompadeciéndome. Renacer o morir. Una visita a la peluquería hizo lo propio. 

Angelines es una mujer con reservas, llenita de carnes, que conoce todos los tejemanejes y los chismes que circulan por el barrio. Tiene una manera arrebatada de hacer las cosas que sintoniza muy bien con la de mi hermana. Y le gusta medir la longitud de pelo a cortar en dedos, aunque luego no cumpla las peticiones de sus clientas (debe de ser costumbre de gremio). Es su lenguaje habitual al acercarse a niñitas de melena larga. Les pregunta: – ¿Cuántos dedos? ¿Tres? ¿Horizontal o vertical?. – Y la respuesta es siempre la misma, cabeza gacha y risitas tímidas: – dos dedos, en horizontal, por favor. 

Aquella tarde, como de costumbre, una niña morena, sentada en la butaca giratoria frente al espejo de medio cuerpo, esperaba inquieta. Su melena se deshilachaba en millares de puntas abiertas y quemadas por el reiterado uso de la plancha. Su pelo parecía haberse vuelto más ralo por las infecciones de los últimos meses. Peines variopintos y consejos dispares. Champú y mascarilla fortificante. Algo de laca para la señora sentada a su derecha. Mechones recientemente cortados todavía por barrer y toallas blancas cubriendo los estoicos hombros de las clientas. Tres butacas rojas y mullidas de cuero sintético acogían al visitante en el rincón de espera. Silvia, la compañera de Angelines, tres pasos por detrás de esta, sostiene un recipiente con mezcla de tinte y agua para que lo aplique su jefa. Al terminar, deposita la brocha sobre un carrito de ruedas colmado de piezas, rulos y coleteros. Se escucha una emisora de música en español, de carretera o bar o de bar de carretera. Pero otros detalles faltaban. 

Faltaban las revistas que suele hojear mi madre, que ahora espera, paciente, en la butaca izquierda. Faltaba el murmullo de los secadores activos, aspirando la humedad de los cabellos de más edad. Faltaba el olor a producto químico (o por lo menos a mí, como me venía ocurriendo desde hacía ya unos meses) y, sobre todo, faltaba el brillo en la mirada de Angelines. Hay que ver lo que tardamos en darnos cuenta de que la gente está triste. La tristeza no es solo la pesadumbre que debilita los huesos. Es la inquietud, la tristeza mínima pero advertible que nos hace ser más irritables de lo que éramos, actuar como si hubiéramos perdido el juicio y que no nos importe. Es la claudicación de nuestra alma cuando la desesperación la desborda. Por eso, quizá, nadie advirtiera que Angelines estaba triste. Porque su charla era tan locuaz como antes y sus movimientos, enérgicos y bruscos, que no gráciles. Puede que quienes estaban tampoco advirtieran otro síntoma de tristeza. Angelines lloró a través de los ojos de la niña de la melena morena. Esos menesteres menos importantes que le preocupaban también solían turbarla a ella. La sequedad y la grasa y la combinación de ambas, con efectos nefastos sobre la caída del cabello. Y es que, en la tristeza vana y superficial, todo el mundo se entiende. La cosa se complica cuando la tristeza profundiza, se clava y enquista. Aferrada cual astilla al interior del globo ocular, es muy difícil de extraer. Como raspa de un pescado que se hinca en la garganta. 

La peluquera se excusó y salió por la puerta del fondo en dirección al baño. Según nos explicó Silvia, su ayudante, hacía unos meses que había fallecido Antonio, su padre.