Viajando a Granada, cómodamente y a alta velocidad, yo escondía mi tristeza solitaria persiguiendo ensoñaciones, que habían sido torpemente reforzadas por la inocente insistencia materna. Deseaba (y de no ocurrir, me moriría, porque entonces se confirmaba el destino trágico de mi vida) que en el asiento de enfrente se sentara el amor de mi vida. Un anciano se subió, directo a este sacro espacio reservado. Solitario y olvidadizo, hablaba de la añoranza de que le escucharan, olvidando a quién tenía que hablar. Hombre de pueblo, de la Andalucía extraviada, no paró de parlotear hasta que se bajó en una parada intermedia, Puertollano (Ciudad Real). De su discurso circular podría inferirse que alguien lo esperaba en aquella llanura de espigas tostadas. Pero también era posible que nadie lo esperara, porque aquel hombre tenía todas las trazas de haber perdido la memoria. Mi hermana no levantó la vista de sus apuntes ni un solo segundo. Para compensar su inatención, yo tuve que sostener forzosamente la mirada perdida de aquel extraño. Suspiré de alivio cuando el señor se bajó, pero mi bocanada solo anunciaba una breve tregua.
Otro señor, aún mayor que el anterior, apareció por el quicio de la puerta metálica. Originario de Cuba, estaba deseoso de alardear de sus emocionantes hazañas. Viejo lobo perspicaz, poco tardó en averiguar que mi hermana estudiaba medicina. Se las daba de intelectual y de privilegiado por haber podido estudiar en un país donde tan pocos prosperaban. Aquí, en España, había formado una familia. Ahora, viudo, se dirigía de Puertollano, localidad en la que residía, a Granada, a pasar la Semana Santa con su hija, que siguiendo la senda sanitaria de su padre, era titular de una farmacia. Sara ya apretaba fuertemente la mandíbula, preludio de migraña posterior, pues el hombre era realmente bueno en reclamar atención como lo haría un infante rabiando desde su trona. Ya jubilado en la sanidad pública, todavía decía ejercer en su clínica privada. Rendidas del empeño de afanarnos en nuestros menesteres, despertó todas nuestras aspiraciones detectivescas cuando reveló su nombre: Moisés Corrales Rodríguez.
Su frágil ancianidad nos dejó algo más que una sonrisa compasiva. Una vez en el hotel, introdujimos el nombre de aquel señor en nuestro teléfono y el buscador nos devolvió un hecho sorprendente por inesperado. Aquel nombre había sido condenado e indultado por el Tribunal Supremo en 1991 por practicar abortos ilegales.
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