Son todos estos soplos viento gélido
y en su impacto despiertan un calor apagado
y me abren a la bruma de los días inciertos
que en que tu copa y mi copa
proclamaron un salmo.
Chocaron nuestras copas,
despertó la fiera.
Eterna agua de mayo
lloviendo con saña.
Mis pies desesperados
buscaron tu canción.
Abriste mi corazón
con tus cizañas.
Mi hogar dejó de ser hogar.
Desde entonces, me agacho como burra
siguiendo tu camino.
sobre estas finas hierbas de cristal,
camino por encima de los ríos.
A mi paso, los gorriones
se me acercan,
sorprendidos de mi carga como alivio.
Por mucho que me digan los cantores,
yo no me detengo.
Me fío de tu aroma y sigo.
He llegado a un altiplano.
Las flores y las señas salen en desbandada.
No hay pinturas que marquen las veredas
ni ríos que preludien el mañana.
Y entrego mi confianza al frío de la tierra,
a las lombrices,
que muerdan mis durezas.
Este es el silencio de la tundra,
que vegeta sin las pasiones
de otras selvas de cicuta.
Es soledad,
vasta, inquietante, inmensa
soledad.
Afino el oído pero no hallo
y no tengo más sendero
que tu marca,
el surco labrado en la tierra
por tus pisadas descalzas.