La sierpe y la yegua

Publicado el 6 de abril de 2026, 15:15

Tú, yegua, cabalgas.

Y sobre tu grupa, la amazona,

que te monta desde potra.

Anduvisteis valles y montañas

sin necesitar comunicaros

con la voz de las palabras. 

 

Hasta el día del descubrimiento.

En el camino, un obstáculo.

Un amasijo retorcido, 

viscoso y macilento,

muda su piel.

Una sierpe enroscada

con cascabeles al cuello.

Más allá de la sierpe, 

el despeñadero.

 

La lengua bífida, 

repta que te repta,

levanta una polvareda 

que silba

por tus belfas, yegua.

Te seduce. 

 

Despliega su esófago

y te encabritas.

Es el deseo. 

Esa otra que te montaba,

un mar espumoso de celos.

 

Y la señora marcha, 

febril en su desprecio.

Tu amazona desierta.

Vuela a su destacamento.

Una piedra cae 

por el despeñadero. 

 

Ella, la sierpe 

gustosa del espectáculo,

escupe, se mofa, y te dice:

 

Tú, corcel con cubierta de plata,

tienes el interior vacío.

Como a Polifemo el cabrío

te llamarán.

Si no dejas que te ayude,

serás menos que nada.

Y como de la nada, nada sale,

y no tienes lustre que perder,

por lo menos no reniegues 

de lo que te produce placer.

Ven, no tengas miedo.

Escucha tu deseo.

Que la distancia 

también es tiempo

y no te queda. 



Temerosa, yegua, reculas,

mas la sierpe huele tu duda: 

 

No evites la mordida,

cóbrate el medio,

que en lo alto el ave 

ya te sustrajo los huevos. 

Cuerpo a cuerpo,

sin cascabeles,

que dé comienzo el combate.

Deja que te acaricie

para engullirte luego.

Sufrirás. No te lo niego.

También yo he sufrido

para devorarte.

Me he amputado los dedos.

Para trepanarte la nariz

y abotargarte el cerebro. 

No necesito piernas.

Mi piel de reptil

le basta al lecho seco. 

Recorro la tierra 

a pecho descubierto.

 

Y tú, yegua, caes rendida a su veneno 

antes de que te recorra.

La sierpe malvada aguarda tu obediencia,

que el sacramento corrompas. 

 

Y te convence, te acercas, avanzas

y estalla, 

árido como el suelo que se resquebraja,

el vidrio que os separa.

Y tú, yegua,

te rindes a ese suplicio deseado,

a probar esa lengua 

bífida que serpentea.