Tú, yegua, cabalgas.
Y sobre tu grupa, la amazona,
que te monta desde potra.
Anduvisteis valles y montañas
sin necesitar comunicaros
con la voz de las palabras.
Hasta el día del descubrimiento.
En el camino, un obstáculo.
Un amasijo retorcido,
viscoso y macilento,
muda su piel.
Una sierpe enroscada
con cascabeles al cuello.
Más allá de la sierpe,
el despeñadero.
La lengua bífida,
repta que te repta,
levanta una polvareda
que silba
por tus belfas, yegua.
Te seduce.
Despliega su esófago
y te encabritas.
Es el deseo.
Esa otra que te montaba,
un mar espumoso de celos.
Y la señora marcha,
febril en su desprecio.
Tu amazona desierta.
Vuela a su destacamento.
Una piedra cae
por el despeñadero.
Ella, la sierpe
gustosa del espectáculo,
escupe, se mofa, y te dice:
Tú, corcel con cubierta de plata,
tienes el interior vacío.
Como a Polifemo el cabrío
te llamarán.
Si no dejas que te ayude,
serás menos que nada.
Y como de la nada, nada sale,
y no tienes lustre que perder,
por lo menos no reniegues
de lo que te produce placer.
Ven, no tengas miedo.
Escucha tu deseo.
Que la distancia
también es tiempo
y no te queda.
Temerosa, yegua, reculas,
mas la sierpe huele tu duda:
No evites la mordida,
cóbrate el medio,
que en lo alto el ave
ya te sustrajo los huevos.
Cuerpo a cuerpo,
sin cascabeles,
que dé comienzo el combate.
Deja que te acaricie
para engullirte luego.
Sufrirás. No te lo niego.
También yo he sufrido
para devorarte.
Me he amputado los dedos.
Para trepanarte la nariz
y abotargarte el cerebro.
No necesito piernas.
Mi piel de reptil
le basta al lecho seco.
Recorro la tierra
a pecho descubierto.
Y tú, yegua, caes rendida a su veneno
antes de que te recorra.
La sierpe malvada aguarda tu obediencia,
que el sacramento corrompas.
Y te convence, te acercas, avanzas
y estalla,
árido como el suelo que se resquebraja,
el vidrio que os separa.
Y tú, yegua,
te rindes a ese suplicio deseado,
a probar esa lengua
bífida que serpentea.