El obispo de Honolulu

Publicado el 23 de marzo de 2026, 15:19

El cardenal y obispo de Honolulu reposaba tranquilamente la comida bajo la insignificante protección de su sombrilla. Se entretenía leyendo una revista de señoritas.

 

GUARDAESPALDAS — Su Excelencia, su Secretaria solicita audiencia. 

 

(El cardenal cierra la revista de golpe)

 

OBISPO — Dígale que su Su Excelencia le invita a un cóctel. 

 

SECRETARIA — Buenos días, Excelencia. 

 

OBISPO — ¿Qué desea tomar? 

 

SECRETARIA — Nada. 

 

OBISPO — Y entonces, si me permite la expresión, ¿Por qué demonios ha corrido con tanta premura hacia este chiringuito de playa?

 

SECRETARIA — El Santo Padre ha muerto. 

 

OBISPO — ¡Qué lástima! ¿Y qué vamos a hacer?

 

SECRETARIA — Habrá que asistir al Cónclave, Monseñor. Lo convocará el Vaticano en las próximas horas. 

 

OBISPO — ¿Cómo? 

 

SECRETARIA — Enviarán un comunicado a los medios y todos los cardenales del mundo viajarán a Roma. 

 

OBISPO — ¿Y después?

 

SECRETARIA — Ignoro los detalles. Usted será el que participe en el Cónclave, Monseñor. Yo no estaré. 

 

OBISPO — Ah, yo soy un recién llegado. Es la primera vez que me toca, ¿sabe? ¿Debo recordarle que fui elegido obispo hace menos de un año?

 

SECRETARIA — No, Excelencia. 

 

OBISPO — Pues deme más detalles acerca del Cónclave. No se guarde ningún as bajo la manga. 

SECRETARIA — De acuerdo. Como le habrán comentado en alguna ocasión, los cardenales se reúnen en Asamblea para deliberar. Todos los días en la Capilla Sixtina ejercerán su derecho al voto hasta que por fin haya fumata blanca. 

 

OBISPO — ¿Suelen tardar mucho?

 

SECRETARIA — Depende de lo claro que lo tengan. 

 

OBISPO — Y, a su entender, ¿en qué situación nos encontramos?

 

SECRETARIA — En mi humilde opinión, vivimos tiempos difíciles. 

 

OBISPO — Cierto. ¿Cómo debe procederse? 

 

SECRETARIA — La decisión que se tome ha de ser prudente y sopesada. No es una cuestión exclusivamente religiosa. También hay que tener en cuenta factores históricos, sociales y económicos. 

 

OBISPO — ¿Y no es todo eso palabrería? Quiero decir, en la última Diócesis en la que estuve a una monjita muy maja se le ocurrió aplicar una política de digitalización y racionalización administrativa. 

 

SECRETARIA — ¿A qué se refiere? No lo comprendo. 

 

OBISPO — En el mundo de hoy disponemos de nuevas tecnologías que pueden hacer mucho más ágil todo el tedio burocrático. Yo apuesto por el televoto. 

 

SECRETARIA — ¿El televoto? ¿Qué quiere decir?

 

OBISPO — No entiendo por qué tenemos que viajar todos a Roma. Sería mucho más sencillo hacerlo como en Eurovisión, que cada cual votara desde su casa. No le resta ni un ápice de emoción y es definitivamente mucho más respetuoso con el medio ambiente. 

 

SECRETARIA — Pero, Monseñor, si me lo permite … Usted no puede cambiar siglos y siglos de Derecho Canónico porque le venga en gana.  

 

OBISPO — ¿Y por qué no puedo? Decía Einstein: “si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Es una reflexión inteligente y avalada por la Ciencia. Seguro que nos permite reflotar la fe de muchos escépticos. 

 

SECRETARIA — Nosotros nos debemos a Dios, no a la Ciencia. 

 

OBISPO — Pero no podemos negar que la ciencia juega su parte. ¿Por qué he de abandonar este paraíso solo por elegir a un Papa que no me representa? Mira qué mal acabó Eva cuando le hizo caso a la serpiente. 

 

SECRETARIA — Me temo que su deseo no va a poder llevarse a la práctica. No obstante, puede exponer todas sus inquietudes en el foro de quejas y sugerencias que se ha habilitado al efecto. 

 

OBISPO — Eso empieza a gustarme. Debería preparar una lista con todos los puntos a incluir. 

 

SECRETARIA — Sin duda. Sería una buena idea. 

 

OBISPO — Sí. Me permitirá abordarlos de manera más ordenada y efectiva. Empezaré ahora mismo. Deme papel y boli. Muy bien. ¿Tiene alguna sugerencia?

 

SECRETARIA — Pues así, a bote pronto, no, Monseñor. 

 

OBISPO — No sea tímida. 

 

SECRETARIA — Es que tengo voto de obediencia, Monseñor. Y me debo a la superiora. 

 

OBISPO — Yo le propongo algo. El Papado femenino. Mejor dicho, el Mamado

 

SECRETARIA — (Escandalizada)¿Se ha vuelto loco? La Iglesia es Una, Santa y Católica y, según la Biblia, debe ser gobernada por hombres. Son las normas. Y además no debe decir palabras impuras. 

 

OBISPO — Las normas me importan un carajo. Nuestro Señor Jesucristo era un revolucionario. 

 

SECRETARIA — Monseñor, es un inconsciente. 

 

OBISPO — ¿Quiere usted liderar conmigo la revolución femenina de la Iglesia? Podría proponer su candidatura al Pontificado. Imagínese, la primera Mama de la historia. 

 

SECRETARIA — ¿De verdad cree que podría ser?

 

OBISPO — Por supuesto. Además, estoy seguro de que sería una gran candidata. 

 

SECRETARIA — En el fondo siempre he pensado que la Iglesia es terriblemente machista.

 

OBISPO — Tiene toda la razón. 

 

SECRETARIA — Y también creo que el clero masculino nos estruja a las religiosas como si fuéramos sus sirvientas. 

 

OBISPO — No puedo estar más de acuerdo. 

 

SECRETARIA — Y, puesto que llevamos todo el peso de la gestión a nuestras espaldas, ¿por qué no dar un paso al frente y convertirnos en rostro visible?

 

OBISPO — Suscribo todas y cada una de sus palabras. 

 

SECRETARIA — ¡Me ha abierto los ojos, Monseñor! ¡Es verdad! En muchas ocasiones somos nosotras las que dirigimos en la sombra. ¡Es injusto! ¡Mírese! Es un auténtico inepto, no sabe dónde tiene los documentos ni cuántas citas en la agenda. ¡Yo soy su cabeza, usted solo mueve la pluma! 

 

OBISPO — Bien. Adoro su entusiasmo, es totalmente loable. No obstante, vamos a calmarnos un poco. Para conseguir nuestros objetivos, hay que tener la mente fría. Creo que damos por finiquitado el asunto del Mamado. Ya si eso lo hablamos más tarde, cuando anochezca. Pasaremos al siguiente punto, el televoto …