¿El tiempo es un ser vivo? Quevedo escribía en su Carta a don Antonio de Mendoza: “al fin, todo es mudanza y aquello que vivimos poco se debe llamar vida, que lo demás es tiempo que nos lleva tras sí”.
Tiempo. ¿Os lo imagináis? Es difícil imaginar a alguien con ese nombre. Bueno, digo alguien, por decir. No suelo distinguir el alguien del algo. ¿En qué se diferencian “piedra”, “mar”, “aire” o “agua” de “humano”? Podríamos encontrar mil matices, pero desde un punto de vista lingüístico, en nada, son solo palabras. Pero volviendo al asunto del tiempo …, pensadlo. Haced el esfuerzo. Imaginadlo. ¿Qué aspecto tendría? Sí, lo que más me preocupa es el aspecto. ¿Qué le voy a hacer? Soy hija de la cultura de la imagen. Si le preguntáramos a Quevedo, que no parece que le tuviera mucha simpatía al tiempo, creo que la nariz que le colocaría sería aún más grande que la de Góngora. Y luego están las otras preguntas … ¿Cómo se movería? ¿De qué se alimentaría? ¿Pertenecería al reino de los animales? ¿Al de las plantas? ¿Al dominio de lo microscópico? ¿O sería tan grande como las galaxias? Una vez fui al cine a ver los viajes de Gulliver. En aquella época, mi imaginación era un un lienzo casi en blanco, sobre el que solo se había aplicado una capa de pintura azul muy clarita y una segunda de blanco, para hacer unas pocas nubes. Era el paraíso de cualquier autor que quisiera estrenarse. Vía libre para grabar imágenes. Yo no levantaba dos palmos del suelo y, por eso, o mejor, a pesar de eso, cuando vi a Gulliver en la pantalla, tuve la certeza de que existían los gigantes. Lo creí, simplemente, porque era así, y porque lo vi aplastar con sus zapatones a los liliputienses. Aquel día comprendí dos cosas. La primera, que yo era una hormiga (y dicho sea de paso, lo sigo siendo, en mi calidad de funcionaria, obrera como pocas). Y la segunda, que los gigantes, además de existir, llevan zapatones. Así que cuando me pregunto qué aspecto tendrá el tiempo, me viene a la mente la imagen de un gigante como Gulliver, una especie de titán descomunal, con nariz más grande que la de Góngora, cabellos muy frondosos y pies malolientes. Vale, está bien. Creo que no acabo de distinguir entre el concepto de “gigante” y el de “ogro”, pero debéis entender que a edades tempranas, todo lo que la imaginación tiene de poderosa lo tiene de imprecisa. Es igual, es posible también que el tiempo sea un ogro. Siempre le huelen los pies, y por eso corre tanto, para que no nos demos cuenta. Me hizo gracia descubrir que a los griegos también les sucedía lo mismo. No me refiero a que les olieran los pies, aunque es lo más probable, sobre todo en el caso de los espartanos, que se pasaban el día ejercitándose para la guerra, sino a que los griegos también se lo imaginaban así. El tiempo para los griegos era Chrono, un titán, un gigante, un ser despiadado que era capaz incluso de devorar a sus hijos para no ser destronado. Satisfecha de la imagen que había logrado construir en mi pensamiento, guiada por los lindos versos que Quevedo le dedica a su gran amigo Góngora, y con el deseo de plasmar mi inspiración sobre alguna superficie menos imperecedera que yo, para que no caiga en el olvido, comencé a escribir un poema en algún documento electrónico, que se aloja en una carpeta ingrávida, en algún lugar sin forma que se encuentra en la nube. Es decir, a efectos prácticos, no se encuentra en ningún sitio. Así que si ahora mismo hubiera un súbito apagón o, pongámonos espléndidos, la materia, por efecto de algún meteorito extraviado que impactara con nuestro planeta, empezando por los aparatos y los dispositivos electrónicos, comenzara a desintegrarse, mi poema desaparecería para siempre. Y por eso y no por otra cosa, hoy estoy aquí, porque me he dado cuenta de que el único lugar en el que mis palabras están a buen recaudo es en vuestra memoria. La memoria habita en vosotros, vivientes, y como vivientes, la transmitís allá adonde vais. Vosotros hacéis posible que mis palabras se salven de la acción implacable del tiempo y, aunque sea en una forma distinta a la original, sigan viajando de boca en boca, de oído en oído, de aedo en aedo. Hoy estoy aquí y soy consciente de que el tiempo me dará un puntapié mañana. (Y no porque sea yo, a vosotros también os sucederá). Pero juntos, le haremos resistencia. Construiremos memoria colectiva y ya puede venir Chrono, Gulliver o el ricachón americano, que aunque lance un misil y pueda con una o con unas pocas, jamás podrá contra todas las hormigas del mundo. Por eso, en mi condición de hormiga, os canto estos versos, para que los transmitáis a vuestros respectivos hormigueros y alimenten el sueño de vuestro tiempo.
Érase un gigante con los pies descomunales
Érase una panza que resopla por la boca
Érase una barba cuya crin el suelo toca
Érase un registro empachado en sus anales
Érase un titán que gobierna en lodazales
Érase un patrón tirando de la estoca
Érase embustero esculpido sobre roca
Érase un capataz que maltrata sus perales
Érase la elección del bizco en una ciega cita
Érase un rostro enmascarado por la cera.
Engendro despreciable que en el silbato pita.
Érase el masticar de muchas patas lisonjeras.
Pegote en los labios que frotando mal se quita
Un revuelto de hormigas bien crujientes era.