Cuatro de la tarde. Llueve. A la luz de un flexo. Manuel escribe en su diario.
MANUEL — Esta tarde tengo una cita a ciegas. Nos hemos estado mensajeando. Parece que Ana tiene bastante sensibilidad. Quiero gustarle, agradarle … Pero hoy no puedo hacer cumplidos. Como de costumbre, las autoridades andan fastidiando. A propuesta de la RAE y la Agencia Estatal de Meteorología, el Gobierno ha aprobado un Decreto Ley para proteger nuestra lengua de la tempestad. Un frente de aire entrará por el oeste de la península. La RAE advierte de que los adjetivos, en su función de calificar, corren peligro. A falta de necesidad, hay mayor probabilidad de que se los lleve el viento. Por lo tanto, se prohíbe decirlos y escribirlos en 72 horas desde la entrada en vigor del decreto, hasta que pase el temporal. ¡Tengo que estar alerta! ¡Han puesto vigilantes por todas partes! Los castigos pueden incluir hasta penas de prisión. Me voy, que llego tarde. (Cierra su diario.)
(Las siete en punto. Arrecia. Llega a la cafetería. El vigilante de la RAE observa desde la puerta. Manuel se sienta en una mesa para dos. Lleva una chaqueta. Se la quita. Se arregla los cuatro pelos que le quedan con un peine que saca del bolsillo de su pantalón. Después saca una muestra de colonia de las que regalan en el supermercado. Se perfuma. Se levanta y pregunta al camarero si ha llegado alguna chica. Se sienta de nuevo y vuelve a levantarse para ir al baño. Pide en la barra un vaso de agua. Encienden el televisor del bar, desde donde se retransmite el magacín de las tardes. Espera durante más de media hora.)
ANA – ¿Manuel? Soy yo, Ana.
MANUEL — Pensé que ya no vendrías. Estás …
ANA — Está lloviendo a cántaros. Han cortado la línea 7 y he tenido que coger tres autobuses …
MANUEL — ¿Sigues queriendo tomar algo? ¿O ya te vas?
ANA — Si después de dos horas y cuarto en el autobús no me invitas a nada, entonces sí que me iré.
MANUEL — (Con ilusión) ¿Qué quieres?
ANA — Cerveza sin alcohol … ¿Por qué te ríes? Yo no bebo.
MANUEL — Creo que somos (Mira al vigilante). Creo que nos parecemos.
ANA — ¿Ah, sí? ¿En qué lo notas?
(Manuel levanta su cerveza.)
ANA — Vaya, te he hecho esperar demasiado. Estarás …Te habrás aburrido mucho … ¿Quieres jugar a algo?
MANUEL — Pues no estaría mal. ¿A qué?
ANA — Conozco un juego que se llama las palabras se las lleva el viento. No te rías.
MANUEL — Es que precisamente hoy … ¿En qué consiste?
ANA — Es como el tabú, pero con clases de palabras. Hay que pensar una palabra y definirla con la categoría que corresponda en cada ronda … Sustantivos, verbos … Obviamente, no valen los adjetivos. Podemos hacer varias rondas. Si te parece, en esta primera, utilizaremos verbos.
MANUEL — ¿Por qué verbos?
ANA — Porque me encantan los verbos. Una vez me dijeron que los adjetivos andan, los sustantivos corren y los verbos vuelan.
MANUEL — ¿Y cómo es que entonces el viento solo se lleva a los adjetivos?
ANA — Porque los verbos, al volar, llegan más rápido a refugio y se resguardan de la tormenta. Algo así como cuando haces el Camino de Santiago y eres el primero en llegar al albergue. El último se queda sin sitio, a la intemperie.
MANUEL — ¿Empiezas tú?
(Ponen música de fondo. Las palabras, al son de la música, dibujan melodías.)
ANA — Está bien. Allá voy. Amo, odio … digo, callo … duermo, despierto, … escucho, hablo …
MANUEL — Mmm … No sé. No tienen mucho en común. ¿La contradicción?
ANA — Eh, no, pero casi. Espera, que te lo repito. Casi lo tienes. Amo, odio … digo, callo … duermo, despierto … escucho, hablo …
MANUEL — Ah, ya lo pillo ¿Eres tú?
ANA — ¿Cómo lo sabes?
MANUEL — La primera persona del singular.
ANA — Sí, muy bien. Creía que ibas a tardar más. Ay, la contradicción y yo …
MANUEL — Espera, no estoy diciendo que seas … Ya me entiendes.
ANA — Eh, que no importa. No te preocupes. No me molesta, lo reconozco. En mí habitan la luz y la tiniebla. Pero me gusta la claridad. Desde el principio.
MANUEL — A mí me gustas tú. Eres … extraña.
ANA — ¿Te sonrojas? No hay por qué. Empezamos de cero. Mañana tu palabra no tendrá efecto. Será llevada por el viento.