Cuatro ángeles,
uno en cada esquina de mi cama,
pelean escudo en mano,
exhaustos.
Desde aquí todo es distancia.
La penumbra repele
cualquier intromisión.
Las telarañas no justifican su lugar.
Simplemente están,
desde hace mucho tiempo.
En el aire flota el pulso
de una mandrágora hervida
en la primera cacerola del mundo
y, en un rincón,
un murciélago renegrido
ha luchado contra las hormigas
por el derecho a devorar
el último pedazo de pan,
el que yo no me comí.
Desde aquí todo es distancia.
Si mis piernas respondieran
yo misma impondría con mi escoba
esa pulcritud que, en los días de vigor,
asqueaba a mi cabeza.
Sacudiría el polvo acumulado,
recogería el mendrugo,
respiraría, abriría la ventana
y devolvería a este espacio
el aire de las flores amarillas,
tintineantes, por obra de una ráfaga.
Desde aquí, todo es distancia.
Te pido, murciélago,
que te vayas.
Pero no me escuchas.
No quiero ser vista
entre la rugosidad de mis sábanas.
Siete días de cautiverio son
siglos suficientes
para desear, estar y ser
en mejores condiciones,
en otro lugar, entre las velas,
bajo el cometa,
viajando en dromedario
por dunas de fina arena.
Desde aquí, todo es distancia.
Te lo pido, por segunda vez,
murciélago,
que recojas las sobras de tu festín
y te vayas.
Que salgas
por donde has venido.
Que no emponzoñes el único rincón
por el que puedo mirar las flores.
Que me obedezcas.
Pero no me oyes,
o no quieres escucharme o no me entiendes.
Soy un aparte,
un elemento ajeno al cuadro.
Desde aquí, todo es distancia.
Y no me queda más remedio
que buscar en la semilla
el grano de la batalla.
Una pila de hojas,
olvidadas de otras manos,
descoloridas,
se me ha instalado en la mesilla,
al borde de mi huida.
Me ha ofrecido su consuelo.
El cáliz de la vida
en líneas de negra tinta.
Me ha hablado de los imperios
que yo figuraba archipiélagos o islas.
De los héroes, de las ninfas,
de unos dioses con cabeza
de águila o de halcón.
De los faraones en sus sarcófagos
y los dibujos en la piedra.
Puedo palpar el jeroglífico
con mis garras de avestruz
y comprenderlo.
Ser ave en vez de parecerlo.
Todo está tan cerca.
La proximidad
me hace perder el norte.
La brújula vira inconstante,
sin dirección.
Y decido quedarme.
Adquirir, reclamar
lo que mis ojos han leído,
exigiendo.
Y las tinieblas se molestan.
Hades me lanza como castigo
a una cámara vacía.
Me inhuman. Cierran la puerta.
De vuelta a la portada,
el mundo se ha volado.
De nuevo el murciélago,
el currusco, el rincón,
la mandrágora,
las hormigas,
mis sábanas revueltas.
Regreso a otra batalla.
Desde aquí, todo es distancia.