Desde aquí, todo es distancia

Publicado el 23 de marzo de 2026, 13:52

Cuatro ángeles,

uno en cada esquina de mi cama,

pelean escudo en mano,

exhaustos.

 

Desde aquí todo es distancia.

 

La penumbra repele 

cualquier intromisión. 

Las telarañas no justifican su lugar. 

Simplemente están, 

desde hace mucho tiempo. 

En el aire flota el pulso 

de una mandrágora hervida 

en la primera cacerola del mundo

y, en un rincón,

un murciélago renegrido 

ha luchado contra las hormigas 

por el derecho a devorar 

el último pedazo de pan,

el que yo no me comí. 



Desde aquí todo es distancia. 



Si mis piernas respondieran

yo misma impondría con mi escoba

esa pulcritud que, en los días de vigor, 

asqueaba a mi cabeza.

Sacudiría el polvo acumulado,

recogería el mendrugo,

respiraría, abriría la ventana 

y devolvería a este espacio 

el aire de las flores amarillas,

tintineantes,  por obra de una ráfaga.



Desde aquí, todo es distancia.



Te pido, murciélago, 

que te vayas. 

Pero no me escuchas. 

No quiero ser vista 

entre la rugosidad de mis sábanas.

Siete días de cautiverio son 

siglos suficientes 

para desear, estar y ser

en mejores condiciones,

en otro lugar, entre las velas,

bajo el cometa, 

viajando en dromedario

por dunas de fina arena. 



Desde aquí, todo es distancia.



Te lo pido, por segunda vez, 

murciélago,

que recojas las sobras de tu festín 

y te vayas.

Que salgas 

por donde has venido.

Que no emponzoñes el único rincón

por el que puedo mirar las flores. 

Que me obedezcas. 

Pero no me oyes, 

o no quieres escucharme o no me entiendes.

Soy un aparte,

un elemento ajeno al cuadro. 



Desde aquí, todo es distancia.



Y no me queda más remedio 

que buscar en la semilla 

el grano de la batalla.

Una pila de hojas,

olvidadas de otras manos,

descoloridas, 

se me ha instalado en la mesilla,

al borde de mi huida. 

Me ha ofrecido su consuelo.

El cáliz de la vida

en líneas de negra tinta. 



Me ha hablado de los imperios

que yo figuraba archipiélagos o islas. 

De los héroes, de las ninfas,

de unos dioses con cabeza 

de águila o de halcón.

De los faraones en sus sarcófagos

y los dibujos en la piedra. 

Puedo palpar el jeroglífico

con mis garras de avestruz

y comprenderlo. 

Ser ave en vez de parecerlo.

Todo está tan cerca.



La proximidad 

me hace perder el norte. 

La brújula vira inconstante,

sin dirección. 

Y decido quedarme.

Adquirir, reclamar

lo que mis ojos han leído,

exigiendo.

Y las tinieblas se molestan. 

Hades me lanza como castigo

a una cámara vacía. 

Me inhuman. Cierran la puerta. 



De vuelta a la portada, 

el mundo se ha volado. 

De nuevo el murciélago, 

el currusco, el rincón,

la mandrágora, 

las hormigas,

 mis sábanas revueltas.

Regreso a otra batalla.



Desde aquí, todo es distancia.