Tres señoras

Publicado el 19 de marzo de 2026, 18:57

En un día cualquiera, aleatoriamente esquivo

Tres señoras con gabardina salen de sus abrigos.

Se escabullen de un frío húmedo.

El viento penetra con su tornillo infinito.

Como una lengua que besa hasta el confín del abismo.

Pero no del suyo, que está vacío.

Como un plato en adobe a fondo perdido. 

Las tres mujeres habían asistido al taller de un alfarero.

Dejaron hacer al mimo y al hornillo. 

Dieron forma a su propio plato. 

Y después de cocido, lo pintaron. 

Pero tuvieron mala pata. 

Un hombre chocó contra ellas y las hizo tambalear.

El plato se escurrió de sus manos. 

La pintura corrió por sus dedos, para mojarlos. 

El líquido se derramó y chocó contra el suelo como un cristal.

Una de ellas se agachó a recogerlo, contagió a las demás.

Tres rictus de enojo vagaron sin rumbo.

Sus lágrimas rebosaban de tanta cal. 

Se alejaron del taller. 

Primero torcieron a la izquierda, luego a la derecha

Y luego otra vez hacia la izquierda. 

En una esquina, junto a una puerta, se les aparece un hombre. 

Un mendigo es a su musa la maldición del bien nacido. 

Les repartió un folleto, otro como castigo. 

Los arrojados rebasan una papelera cercana.

Les tienta la imitación de la masa, pero,

¿y si no obedecer? 

¿y si tirarlo es perder?

No desdeñan una noche de juerga.

Conceden una oportunidad al papelucho. 

Y se llegan a un cartel que reza: “Venid a mí, las puros”

Le cambian la consigna del puro a la pureza: “Venid a mí, las puras”

Y se terminan el pitillo. La puerta está entreabierta.

Afuera queda el frío. Dentro, un temblor amarillo. 

“¿Qué quieren?”, les pregunta el camarero. 

Ellas no se saben el vino ni la carta de licores.

Han perdido la vida en abrigar pretensiones. 

Pero todavía huelen, sus narices no se han tapado. 

Un granito de sal desprende su aroma, flotando en aceite de chipirones. 

Se lanzan a la aventura. 

Piden tres cañas y, de tapa, los muchachos del bulevar. 

Sus sueños suceden en altura.

Sus traseros adheridos a los cojines de su diván. 

Apuran sus copas, tragan la última copa de conversación.

Y el negro se hace dentro, no hay remedio. 

Cuando el parloteo se ha acabado, hay que plegarse al exterior.

Lo que viene de al lado es mucho más que interesante. 

Dos viejos embelesados se hacen carantoñas que se les van de las manos. 

Las mujeres critican pero quisieran tener 

una pizca del goce de los que acercan su piel. 

¿Qué es la presencia al deseo?

Como el negativo a su revelado. 

Vista que goza del eco,

mirón que acude al teatro.