Reformada

Publicado el 19 de marzo de 2026, 18:53

Soy una humilde juglar 

que viene a sembrar el campo

de un corazón que, desierto,

busca ingenios que elucubrar.

 

Con paciencia, espero el día

a todos visos incierto,

en que alguien se quiera abrir

a escucharme sin más reservas 

que ofrezcan luz a mi porvenir.

 

Tengo la idea clara

y el horizonte oscuro.

Espero no tentar a la suerte

al, trémulamente,

golpear los muros. 

 

Pero si alguien,

aunque el precio parezca indecente,

se presta a mostrarse generoso conmigo,

no seré condescendiente,

no me dejaré nublar por el éxito.

Seré agradecida, os lo juro.

 

Porque mi compromiso

es el de hacer poesía escénica.

Es el de mostrar la penumbra

que habitó mi existencia.

 

Es el de no enmascarar

ni mi piel ni mis cicatrices 

y al mismo tiempo alumbrar

reyes, villanos y emperatrices.

 

Porque no hay nada que escape

a la capacidad del intelecto

de ir cocinando la vida

a cazos de buen puchero.

 

Cuando al terminar la partida,

al final de un día triste,

sin despedida,

las piezas quedan sobre la mesa, 

empieza un baile de brujería

y el engranaje se configura

al son de las musas en su guarida.

 

Y tras algo de maquillaje

y unos polvitos de creación

el disfraz se vuelve escaparate

alter ego de la razón.

 

Y, ¿qué es esto sino una reforma?

La Carta Magna que devuelve 

a todas esas vivencias 

que fueron experiencias

y que ahora habitan en mi memoria,

pintura al brillo de su esplendor. 

 

La escenificación del arte,

el teatro de la vida

no es otra cosa que mostrar el espejo

en que todo espectador se mira.