Soy una humilde juglar
que viene a sembrar el campo
de un corazón que, desierto,
busca ingenios que elucubrar.
Con paciencia, espero el día
a todos visos incierto,
en que alguien se quiera abrir
a escucharme sin más reservas
que ofrezcan luz a mi porvenir.
Tengo la idea clara
y el horizonte oscuro.
Espero no tentar a la suerte
al, trémulamente,
golpear los muros.
Pero si alguien,
aunque el precio parezca indecente,
se presta a mostrarse generoso conmigo,
no seré condescendiente,
no me dejaré nublar por el éxito.
Seré agradecida, os lo juro.
Porque mi compromiso
es el de hacer poesía escénica.
Es el de mostrar la penumbra
que habitó mi existencia.
Es el de no enmascarar
ni mi piel ni mis cicatrices
y al mismo tiempo alumbrar
reyes, villanos y emperatrices.
Porque no hay nada que escape
a la capacidad del intelecto
de ir cocinando la vida
a cazos de buen puchero.
Cuando al terminar la partida,
al final de un día triste,
sin despedida,
las piezas quedan sobre la mesa,
empieza un baile de brujería
y el engranaje se configura
al son de las musas en su guarida.
Y tras algo de maquillaje
y unos polvitos de creación
el disfraz se vuelve escaparate
alter ego de la razón.
Y, ¿qué es esto sino una reforma?
La Carta Magna que devuelve
a todas esas vivencias
que fueron experiencias
y que ahora habitan en mi memoria,
pintura al brillo de su esplendor.
La escenificación del arte,
el teatro de la vida
no es otra cosa que mostrar el espejo
en que todo espectador se mira.